Mostrando entradas con la etiqueta Mejor Actor Secundario / Best Actor in Supporting Role. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mejor Actor Secundario / Best Actor in Supporting Role. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de febrero de 2013

El Jueves fui al cine (I)

La noche del pasado Jueves, por buen comportamiento en casa, mi esposa me dio permiso para hacer algo que llevaba tiempo sin practicar: ir al cine. No me refiero a ver una película (algo que hago con frecuencia en la pantalla de mi PC), sino a sentarme en una sala a oscuras, frente a una pantalla generosa y rodeado de otros seres humanos que -en realidad- están a millones de kilómetros de mí durante la proyección. 
La película que vi fue Hitchcock, de Sacha Gervasi, estrenada en USA el año pasado y que trata sobre el rodaje de Psycho (1960). Hacía tiempo que tenía gana de verla pues -como ya os contaré en breve- llevo cierto tiempo inmerso en la historia de ese soltero que, según parece, quería a su madre -¿cómo lo diré?- de forma poco apropiada.
Tan metido estaba yo en la historia de Norman Bates que sólo empecé a disfrutar de Hitchcockcuando dejé de verla como un documental sobre el rodaje de Psycho. Y es que, en realidad, la primera es una historia de amor (entre Mr. & Mrs. Hitchcock), cuyo telón de fondo es la génesis y estreno de la segunda. Os iré contando qué me ha gustado y qué no me ha gustado.

domingo, 13 de junio de 2010

Zaqueo

Un hombre de baja estatura se sube a un árbol y su vida cambia.
La historia de Zaqueo, el publicano de Jericó, es narrada por San Lucas (19, 1–10). Poco se sabe de este hombre, pues el evangelista es parco en detalles: jefe de publicanos, rico (princeps publicanorum et ipse dives) y pequeño (statura pusillus). Los habitantes de Jericó le despreciaban por recaudar impuestos para los romanos y es de suponer que harían mofa de su tamaño. Un hombre así no tendría otros amigos que los recaudadores y gentes de mal vivir, como también le pasaba a Mateo, el publicano.
Aquel día, Zaqueo se enteró de que Jesús el Nazareno venía a Jericó. Probablemente había oído hablar de él: un hombre del que los fariseos recelaban (como de él), un hombre que se juntaba con publicanos y pecadores, un hombre que hacía milagros. Zaqueo sintió el deseo de verle. El gentío se agolpaba y no le dejaba pasar. Sus esfuerzos por ver al Nazareno, empinándose sobre las puntas de sus pies o dando saltitos, hacían que muchos entre la muchedumbre le miraran de reojo, quizás con una sonrisa de burla. Vio entonces Zaqueo un sicomoro (una especie de higuera), a unos metros del lugar por el que Jesús iba avanzando lentamente entre el gentío. Corrió hacia el árbol y, como un niño, se encaramó a una de sus ramas; ahora sí veía a Jesús.
Cuando el Nazareno pasaba junto al árbol giró su rostro hacia él y, mirándole, le dijo: "Zacchaee, festinans descende, nam hodie in domo tua oportet me manere" ("Zaqueo, bajo pronto, porque hoy debo quedarme en tu casa"; Lc 19, 5). El de Jericó se ruborizó, pues no salía de su asombro: Jesús sabía su nombre y se invitaba a su casa. ¿Acaso no conocía la mala fama que tenían los publicanos? La gente se quedaría atónita ante la familiaridad con que el de Nazareth trataba a aquel pecador. "¿Qué querrá de mí?" -pensaría Zaqueo- "¿Por qué ha dicho que debe quedarse en mi casa?", "¿Me pondrá en ridículo?". Muchas preguntas y ninguna respuesta. Otro se habría quedado en la higuera, cavilando aquella llamada de Jesús; él no. Saltó y, lleno de alegría ("gaudens", Lc 19, 6), se plantó ante quien le llamaba: ¡claro que le recibiría en su casa!. La mirada del Nazareno le llegó hasta el fondo del alma: Zaqueo, ataviado de ricos ropajes, se vio a sí mismo desnudo, sus errores y engaños (también sus buenos deseos e ilusiones) visibles a los ojos de aquel Hombre. La gente murmuraba y Zaqueo no pudo contener el torrente de palabras que venía a sus labios, su necesidad de ser perdonado y querido: "Ecce dimidium bonorum meorum, Domine, do pauperibus et, si quid aliquem defraudavi, reddo quadruplum" ("Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres y si engañé a alguno le daré cuatro veces más", Lc 19, 8). Ahí le apretaba el zapato al publicano: cobrando para los romanos, algo iba para su bolsillo. Y Jesús habló de nuevo, para Zaqueo y para los que aún no entendían lo que pasaba: "Hodie salus domui huic facta est, eo quod et ipse filius sit Abrahae; venit enim Filius hominis quaerere et salvum facere, quod perierat" ("Hoy la salvación ha venido a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido", Lc 19, 9-10).
Aquel día, Jesús de Nazareth entró en la casa (y en el corazón) de Zaqueo. ¡Cuántas cosas se dirían entre sí!

martes, 1 de septiembre de 2009

Lázaro el de Betania

Lázaro era un buen amigo de Jesús de Nazareth. Vivía en Betania (que dista unos tres kilómetros de Jerusalén), junto a María y Marta, sus hermanas. En su casa se hospedó Jesús en varias ocasiones, particularmente los días previos a su Pasión (Mt. 21: 17; Mc. 11: 12; Lc. 10: 38-42; Jn 12: 1-11).
A Lázaro me lo imagino con una edad similar a la de Jesús: Sería, probablemente, soltero o viudo, dado que los Evangelios no hacen referencia alguna a su esposa y sí a sus hermanas. Su casa debía ser grande, para poder dar cabida al Nazareno y a los que con Él iban. Supongo que el anfitrión gozaría de una posición desahogada. En su casa, Lázaro recibía siempre con los brazos abiertos a Jesús y su comitiva –aunque Marta se agobiara preparando viandas para tantos huéspedes (Lc. 10: 40) –; entre ellos, el joven Juan, que es el único evangelista que se refiere a él por su nombre (12: 1).
Jesús se sentía querido en casa de Lázaro, a quien amaba profundamente; el Mesías se refiere a él como “nuestro amigo” (“amicus noster”; Jn 11: 11). Le amaba como Dios ama, y también con su corazón de hombre. Por eso disfrutaría con él como disfrutan los amigos entre sí: bromeando, compartiendo una buena comida o charlando largo y tendido. Por eso también, cuando se enteró de su muerte, Jesús lloró, Dios lloró, con lágrimas de hombre, con aflicción de amor, tanto que los judíos comentaban: “Mirad cómo le amaba” (Jn. 11:35-37).
Lázaro, como era costumbre, fue sepultado el mismo día de su muerte; Jesús no estaba a su lado. Las tumbas de las personas de cierto nivel se excavaban a menudo en la toba; o perpendicularmente, a modo de fosa, en los lugares descendentes, u horizontalmente. Esencialmente consistían en una cámara funeraria con uno o más nichos para los cuerpos, y a menudo con un pequeño atrio delante de la cámara: atrio y cámara se comunicaban entre sí a través de una estrecha puerta que permanecía siempre abierta, mientras que el atrio se comunicaba con el exterior mediante una puerta atrancada con una gran lápida.
Hacía cuatro días que el difunto había sido sepultado, por lo que ya habría comenzado la descomposición: “ya hiede”, le dijo Marta, cuando Jesús ordenó que quitaran la losa de la entrada (Jn. 11: 38-39). Tras rezar a su Padre del cielo, el Mesías llamó al amigo con voz potente: “¡Lázaro, sal afuera!” (Jn. 11: 41-43). Ante el estupor de todos, el de Betania –que estaba muerto– obedeció.


Beowulf MS

Beowulf MS
Hwaet!