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sábado, 15 de octubre de 2011

Papá responde pregunta y nace un poeta

El día que murió el poeta inglés Robert Browning (1812-1889), se publicó Asolando, su volumen póstumo de poesía. En uno de los poemas "Development" ("Desarrollo"), el autor comienza por narrar un episodio de su infancia.
Su padre (que se llamaba como él) trabajaba en un banco y, además, sabía griego. En una ocasión, cuando Robert tenía sólo 5 años de edad, vio a su padre leyendo un libro y le preguntó: "¿Qué lees, papá?". El padre contestó: "El sitio de Troya, hijo". Frunciendo el ceño, Robert insistió: "¿Qué es un 'sitio'?...¿y qué es 'Troya'?". El señor Browning sonrió ante la curiosidad del niño y, dejando el libro en la mesita a su derecha, se levantó. Entonces, dirigiéndose al centro de la habitación, el padre de Robert formó con asientos y mesas una especie de construcción, sobre la que sentó a su hijo. "Ésta es Troya, y tú eres su rey, Príamo", dijo contemplando su obra. Después, señalando a la gata (que miraba curiosa), la llamó Helena, "bella y zalamera, convencida por Paris para huir con él a Troya". El niño, divertido, seguía expectante la historia. El padre prosiguió. Ésta vez fue el turno de los dos perros de la casa. "Son los dos hijos de Atreo, Agamenón y Menelao, que buscan destruir tu ciudad para recuperar a Helena, esposa del segundo, que está especialmente enfadado".
A los doce años, Robert Browning Jr había escrito su primer poemario, y dos años después hablaba francés, italiano, griego y latín. Ya con 7 había leído a Homero.
Esta anécdota me la ha transmitido Fernando, un filólogo que vive en Granada.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Elena (1)



Elena elige su regalo de Reyes
días antes del ingreso
Lo que voy a relatar en ésta y otras entradas sucedió a finales de 2009 y principios de 2010. Cuando ya ha transcurrido un año, quiero escribirlo todo. Me repugnan los reality shows y, mucho más, airear acontecimientos de mi vida privada. Pero, francamente, si cuento en mi blog este episodio es como una medida casi terapéutica y porque, estoy convencido, puede ayudar a otras personas.
La historia comienza en noviembre de 2009 y en una clínica de Jaén. Yo estaba ingresado pasando unos días de descanso, por una neumonía “feucha” –así la calificó la internista que me atendió-. Aquello no tuvo más trascendencia que la de hacer que el pediatra que habitualmente trataba a mi hija Elena (entonces de dos años) le mandara una radiografía, al escuchar un poco de crepitación en su pulmón derecho, “para quedarnos tranquilos”, añadió.
Recuerdo que llevé a Elena a hacerle la placa el 11 de noviembre y ahí empezó todo. La niña iba preciosa con su vestido verde pistacho y su camisita rosa, a juego con la rebeca, los leotardos y los "sapaticos" (como en la foto). Cuando la placa estuvo lista, la especialista me llamó para comentarme lo que veía en la imagen: una mancha blanca que cubría la parte inferior y media del pulmón derecho de Elena. “Hay que ingresar a la niña urgentemente en la clínica. Parece que tiene una neumonía bastante seria”. Cogí a Elena y me fui a la clínica.

En un tiempo relativamente rápido, sacaron sangre a la pequeña, le abrieron una vía en el bracito y le pidieron un TAC.
- "¿Un TAC?", pregunté.
- "Sí, es para descartar otra cosa", me dijo sonriendo amablemente la doctora de urgencias.
Cuando un médico te dice “otra cosa”, uno no suele preguntar, porque hay una palabra que se viene a la garganta y -que no queremos pronunciar: “tumor”, “cáncer”,… Antes de subir a Elena a la habitación, el pediatra de urgencias me espetó, tras ver la radiografía de la niña, “Esto es bastante serio”. Mientras subían a mi hija a la habitación, pensaba cómo era posible que Elena, sin fiebre, sin tos y con unos poquitos de mocos tuviera que ser ingresada. “No he visto una cosa igual”. Yo estaba sólo. No quise avisar a mi mujer al colegio. Llamé a casa y le dije a mi hija mayor, Alba, que estábamos en la clínica. Cuando llegó su madre a casa, con gran eficacia, preparó una maletita y se puso en marcha. Sería la una del mediodía, cuando le dije a mi esposa que se fuera al maternal, pues acababan de derivar allí a la niña.
UCI del Maternal de Jaén
Ingresamos en el hospital de día, en la UCI pediátrica. El radiólogo, tras estudiar las placas, concluye que no ve clara la neumonía. Dos doctoras nos hablan, por primera vez, de la posibilidad de que Elena tenga una masa en el pulmón. Mi esposa y yo, lo recuerdo perfectamente, nos pusimos a rezar el Santo Rosario; la Virgen María también es Madre. También rezamos 9 estampas (una novena) a San Josemaría Escrivá, andando de un lado a otro por el corredor desde el que se accede a la UCI.
A las 20’00 horas, tras una angustia indescriptible, le hacen una ecografía a Elena: en principio -siempre he odiado esa expresión- se confirma la neumonía por la presencia de broncogramas. Una buena amiga, Rosa, se había escapado al Maternal y nos acompañaba; ella también había rezado por la niña y no hacía falta que nos lo dijera. Los tres dimos un suspiro de alivio.
Esa noche trasladaron a Elena a la cuarta planta del Maternal, y su madre se quedó junto a ella. La niña pasó la noche bien, ya con un tratamiento de penicilina en vía. El especialista optó por no hacer el TAC a Elena y evitarle así más radiación. Al día siguiente, la niña se despierta con 39 de fiebre, pero no más. Por lo demás está totalmente asintomática. 
En casa, sus cuatro hermanos mayores no se hacen a la idea de que Elenita esté en el Maternal. "No os preocupéis. Será por poco tiempo. Tenéis que rezar para que pronto esté en casa".
(continua en http://eugenioolivares.blogspot.com/2010/12/elena-2.html)

sábado, 4 de diciembre de 2010

La Virgen de Torreciudad

En un hermoso paraje cerca de la localidad de Barbastro (Huesca) se levanta el Santuario de Torreciudad, construído junto a la vieja hermita de la Virgen que da nombre al lugar. Os cuento una anécdota.
Una señora, madre familia, solía frecuentar el lugar; rezaba a la Virgen y solía charlar con un sacerdote que allí trabajaba. En una ocasión, este sacerdote tuvo que ausentarse del santuario, para pasar unos días en Francia. Decidió llevarse un vehículo y cruzar los Pirineos. Habitualmente, cogía el avión, pero, en aquella ocasión -y no sé el motivo- hizo el viaje en coche. De regreso en el santuario, y transcurridos unos días, se extrañó de que aquella señora no viniese a verle. Alguien le informó entonces de que, Esther (por ponerle algún nombre) no vendría más, porque había perdido la fe. El extrañado sacerdote decidió llamarla por teléfono.
Esther estaba destrozada: su hija, de apenas 20 años, había muerto días atrás en un accidente de tráfico. Durante la conversación telefónica, la madre explicó que su hija volvía de Francia en coche, con un chico que la acompañaba y que también había fallecido. Lo más doloroso para la madre era que la joven había salido despedida del vehículo y se había estrellado contra las rocas: "Mi hija", decía Esther, "ha muerto como un perro". Al conocer de la madre más detalles sobre el accidente, el sacerdote sintió una profunda conmoción y le pidió a Esther que lo escuchara un momento.
Cuando él mismo volvía de Francia en su último viaje, paró a desayunar en un restaurante de los Pirineos. Allí, coincidió con una pareja de la Guardia Civil que, sentados cerca de él, hablaban entre sí de un accidente automovilístico a pocos kilómetros de allí. El sacerdote no lo pudo evitar y les preguntó por el lugar exacto: los cuerpos estaban aún allí. Tras llegar al sitio, los servicios de urgencias atendían a una chica que yacía sobre unas rocas; el conductor había fallecido en el acto. El sacerdote se acercó a la muchacha y le dio la Extrema Unción sub conditione (bajo condición), esto es, si sobrevivía, la joven debería confesarse. No fue así, y al poco tiempo el juez decretó el levantamiento de los dos cadáveres.
La madre rompió a llorar al escuchar el relato del sacerdote. Ambos entendieron que aquella chica era la hija de Esther. Ella confesó entonces que, siempre que subía al santuario, le pedía a la Virgen, entre otras cosas, que ninguna de sus hijas (tenía más) muriera sin recibir los últimos sacramentos. Esther decidió que seguría subiendo a rezar ante la Virgen de Torreciudad.

jueves, 11 de noviembre de 2010

El cura de los perros

Abadía de Melrose
En el capítulo XXIV de su Historia rerum anglicarum (1196 a 1198; Historia de los asuntos ingleses), William of Newburgh (1136-1198), narra un suceso prodigioso. Habiendo fallecido el confesor de una insigne dama, fue enterrado en el cementerio de la Abadía de Melrose (Escocia).
En vida, este clérigo había descuidado la cura de almas para dedicarse con afán a la caza; tanto es así que se le conocía como el Hundeprest, esto es «el cura de los perros» (Hundeprest, id est Canum presbyter). Tal fue su vida que, después de morir, por las noches dejaba su tumba e intentaba entrar en la abadía, para distraer y atormentar a los que allí moraban. Como éstos se lo impedían, deambulaba por los alrededores, acechando con sus gemidos el dormitorio donde dormía la dama a la que el difunto había atendido en vida.


Tan asustada estaba la mujer que se confió a uno de los monjes, suplicándole las oraciones de su comunidad; a esto no se pudo negarse el religioso, pues ella era una generosa benefactora. De vuelta en la abadía, el monje se armó de valor y pidió ayuda a otro religioso, así como a dos jóvenes del lugar. Armados, se decidieron a esperar en el cementerio la venida del Hundeprest. Como pasaba de la media noche y no había aparecido el muerto ambulante, tres de ellos volvieron al interior para calentarse al fuego, dejando solo al monje que les había convocado. Satanás pensó que aquel era el mejor momento para atacar al fraile e hizo levantarse al cadáver.
Aterrado, el fraile vio despertar al reviniente, que dando alaridos se lanzaba hacia él a la carrera. Recuperando el valor, esperó el ataque del zombie y le asestó un hachazo que penetró en su cuerpo. Gritando de dolor, aquel engendro huyó a su tumba, que se abrió para recibirle, cerrándose después. Amanecía cuando los cuatro compañeros desenterraron el cadáver. La tumba estaba llena de la sangre que había brotado de la herida abierta. Tras quemar el cuerpo fuera de los muros de la abadía, esparcieron sus cenizas al viento.
Nunca más se supo del Hundeprest.
Destaca en esta narración la relevancia de la sangre, que fluye del cuerpo del cadáver y que ha llenado el sepulcro. Sin embargo, inferir que esta sangre ha sido succionada por el muerto ambulante es, a mi juicio, infundada.


miércoles, 6 de octubre de 2010

Roma, 6 de octubre de 2002

Hace ocho años, tal día como hoy me encontraba yo en Roma, con mi esposa y mis dos hijos mayores. Me acompañaban 300.000 personas, que habían ido a la Ciudad Santa por el mismo motivo que yo: asistir a la canonización de un sacerdote español llamado Josemaría Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei. La Iglesia Católica declaraba oficialmente que aquel hombre, fallecido en Roma en 1975, era santo, y que la espiritualidad vivida por él y miles de personas en todos los continentes era un modo concreto de plasmar la vocación cristiana recibida en el Bautismo.
Recuerdo que había quedado para vernos en Roma con un buen amigo de Chicago, que también asistiría a la ceremonia religiosa. Él y su esposa delegaron en nosotros para hacer las reservas en algún hotel romano, "bueno, bonito y barato" (o "económico", como se suele decir para bien quedar). Mi esposa, muy hábil en la gestión de viajes, itinerarios y reservas, pronto encontró un estupendo hotel a las afueras de Roma; creo que se llamaba Holiday Inn Rome South. Una semana antes del vuelo, le di a mi amigo americano (como el de la canción) el nombre del hotel. Ellos llegarían el día 5 de octubre, sobre las 13'00 horas, al aeropuerto romano de Fiumicino y, una hora más tarde, estarían con nosotros para almorzar en el hotel; cuando a las 17'30 aún no habían aparecido, empecé a preocuparme.
Una hora después, Rich y Anne (que así se llaman), estaban llamando a la puerta de nuestra habitación. Al abrir la puerta, mi amigo del otro lado del Atlántico me espetó, con su acento de USA dollar, un contundente "Eries iun kebrón" (i.e. "Eres un cabrón"); Anne, más prudente, sonreía con infinita paciencia. ¿Por qué estaba tan enojado my friend? Muy sencillo: según Rich, el nombre del hotel que yo le había dado por correo electrónico era Holiday Inn Rome North (y no South, como era el caso). Después de que la señorita en la recepción del primer hotel les asegurara que no tenían reserva, mencionó que había otro Holiday Inn Rome al sur de la ciudad. El taxista romano que les llevó junto a nosotros estaba muy contento cuando les dejó a la entrada de su alojamiento. Siempre que nos vemos, me lo echa en cara, el muy yankee.
En realidad, yo pienso que fue él quien se confundió.
De cualquier modo, al día siguiente, Rich y yo estábamos felices, como puede verse en la foto que nos echó Anne. Él se había subido en una banqueta para parecer más alto que yo...

martes, 5 de octubre de 2010

Un prodigio en la Inglaterra del siglo XII (2)

(Viene de http://eugenioolivares.blogspot.com/2010/10/un-prodigio-en-la-inglaterra-del-siglo.html)
De vuelta  a su monasterio, el monje se armó de valor y pidió ayuda a otro fraile, así como a dos jóvenes del lugar. Armados esperaron en el cementerio y como pasaba de la media noche y no aparecía el monstruo ("monstri"), tres de ellos volvieron al interior para calentarse al fuego, dejando solo al fraile que les había convocado. El diablo pensó que aquel era el mejor momento para atacarle e hizo levantarse ("excitavit") al cadáver.


El aterrado fraile vio despertar al reviniente, que dando alaridos se lanzó a la carrera hacia él. Tras recuperar el valor, esperó el ataque de la plaga ("pestis") y le asestó un hachazo. Gritando de dolor, el reviniente huyó a su tumba que, sorprendentemente, se abrió para recibirle, cerrándose después.
Amanecía cuando los cuatro compañeros desenterraron el cadáver. La tumba estaba llena de la sangre que había brotado de la herida abierta ("et cruoris plurimum qui ex vulneri fluxerat, in sepulcro invenerunt"). Pronto decidieron qué había de hacerse con aquel maldito engendro. Tras quemar el cuerpo fuera de los muros del monasterio, esparcieron sus cenizas al viento. El desdichado clérigo nunca atormentó a nadie más.


Junto a las características compartidas con todos o algunos de los casos anteriores narrados por William of Newburgh (andanzas nocturnas, posible interés sexual del reviniente, binomio reviniente-peste y medidas extremas contra el reviniente), destaca la relevancia de la sangre que fluye del cuerpo del cadáver y que ha llenado el sepulcro. ¿Era ésta la sangre de sus víctimas?

Un prodigio en la Inglaterra del siglo XII (1)

En la obra latina Historia rerum anglicarum (1196 a 1198) del monje agustino William of Newburgh (1136-1198), aparecen varios relatos muy curiosos. De entre ellos, quiero fijarme hoy en uno recogido en el capítulo XXIV, "De quibusdam prodigiosis" ("Sobre ciertos prodigios"). 


El autor, un hombre cultivado y nada crédulo, comienza por hacer una reflexión general sobre los hechos que está recogiendo. Así, extrañado por el episodio que va a relatar, nos dice ignorar la causa por la que suceden cosas como las que va a narrar: un caso de muerto que vuelve de la tumba. Explica después que los abundantes testimonios ("testimonia abundarent") invitan a aceptar la veracidad de los sucesos recogidos. Además, y este dato es sintomático de la magnitud de los acontecimientos, el autor confiesa que si se propusiera recoger todos los episodios similares que él ha verificado en sus días, la tarea sería trabajosa y pesada.

Abadía de Melrose
Habiendo fallecido el capellán de una insigne dama, fue enterrado en una tumba en el monasterio cisterciense de Melrose (Roxburghshire, Escocia). En vida, este clérigo había descuidado la atención de las almas a él encomendadas, para dedicarse con afán a la caza; tanto es así que se le conocía como el Hundeprest, esto es "el cura de los perros" ("Hundeprest, id est Canum presbyter").

Por eso, después de morir, el desdichado dejaba su tumba por las noches e intentaba entrar en el monasterio para distraer y atormentar a los que allí moraban. Como éstos se lo impedían, deambulaba por los alrededores, acechando con sus gemidos el dormitorio donde dormía la dama a la que atendió en vida. Tan asustada estaba la mujer, que se confió a uno de los monjes, suplicándole oraciones de su comunidad; a esto no se pudo negar el fraile, pues ella era una generosa benefactora.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Juzgad vosotros (2)

César está extrañado. No es hombre de bromas, y se le hiela la sangre cuando, en el rincón de la habitación en la que habla con su novia, una silueta negra comienza a tomar forma: es una mujer y, poco a poco, puede distinguir su rostro. Es su madre, la reconoce por las fotos de soltera y de boda que hay en su casa. César siente miedo, mucho miedo, pero su novia no ve nada; tampoco el padre de ésta, que viene corriendo al cuarto cuando ella lo llama. La aparición pide perdón al muchacho por haberle asustado. "¿Qué quiere, madre?, ¿qué quiere?". El padre de la joven forcejea con su hija para sacarla del cuarto, pero ella se resiste: "¡Déjame!", -y dirigiéndose a quien no ve, grita- "¿Qué quiere usted?, ¡váyase ya!". La aparición habla, pero sólo César la escucha: "Hijo mío, quiero que celebréis una Misa por mi alma en una catedral". Y desaparece.
Esa misma noche, de vuelta a su casa, César cuenta lo sucedido a su padre. El viejo se enfada con él y le dice que no bromee con esas cosas; sabe que su hijo no bebe y piensa que le quiere gastar una mala pasada. César, llorando, insiste en que lo que cuenta es la pura verdad.
Al día siguiente van a la catedral de Baeza y dejan apalabrada con el Deán una Misa por el descanso de su madre. No dan detalles: el padre estaba incómodo y César sabe poco de iglesias.
Llegado el día previsto, César y su padre llegan al templo catedralicio; desconozco si les acompañaba alguien más de la familia. Todo transcurre con normalidad durante el desarrollo de la liturgia hasta que, en el momento en el que el celebrante alza la hostia consagrada con ambas manos, César ve a su izquierda la figura de su madre. Ésta le sonríe y le da las gracias. De un codazo avisa a su padre y, con un movimiento de cabeza, le insta a que mire en la dirección en la que está viendo a la aparición. El padre mira y, encogiéndose de hombros, hace saber a su hijo que no ve nada; César se tapa los ojos con las palmas de las manos y espera a que termine la celebración.
Al salir de la Catedral, el padre pregunta a su hijo el motivo de su llamada de atención. César le cuenta lo que ha visto y su padre comienza a llorar. Ambos se abrazan.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Juzgad vosotros (I)

Esta historia la he oído de labios de alguien a quien quiero. El protagonista era un primo suyo (le llamaré César, por ejemplo), ya fallecido, un hombre poco dado a supercherías, que ocasionalmente visitaba la Parroquia del pueblo y que una vez le contó este extraño suceso. He bromeado con mi informante, hasta el punto de enojarlo, diciéndole que no me creo nada de este tipo de relatos. Juzgad vosotros.
En un pueblo de Andalucía, muy cerca de donde yo vivo, nos encontramos a finales de los años 30. Una mujer coge a César, su hijo de dos años, en brazos y se dirige, sin despertar sospechas, hacia el campo. Camina un buen trecho por una vereda, entre trigales, hasta un promontario. Allí se encuentra un viejo pozo abandonado -de una mina, me dice mi informante-. La mujer sufre de lo que hoy conocemos como tendencias suicidas y su propósito es quitarse la vida. Cuando está a menos de tres metros del agujero, César empieza a llorar desconsolado; quizás tiene hambre, o sueño, o presiente el peligro. Ella reacciona y desiste de su propósito, al menos por el momento: menos de un año después, la pobre mujer pone fin a sus días. Pasan los años y César, ya mayor, no recuerda el rostro de su madre, aunque hay fotos suyas por la casa. Es su progenitor quien le cuenta que su madre (ella misma se lo había confesado) ya lo había intentado antes, en el pozo de la mina. "Pero tú empezaste a llorar" -le dice el padre con voz entrecortada- "y volvió a casa. ¡Pobre mujer!".
La vida sigue. César se echa novia. Ella vive en un cortijo a unos kilómetros del pueblo. Casi todos los días, va a verla cuando termina de trabajar; a la vuelta, siempre es de noche.
Un día César va a ver a su novia. A mitad del camino, una piedra le rebasa rodando por la derecha, junto a la vereda. Al día siguiente, sucede lo mismo; al tercero, también. Nunca hay nadie detrás de él. César, extrañado, se lo cuenta a su novia. "Alguien te quiere gastar una broma" -le dice ella.

sábado, 26 de junio de 2010

El diablo de Drakelow (3)

(viene de http://eugenioolivares.blogspot.com/2010/06/el-diablo-de-drakelow-2.html)

Eran muchas las leyendas que circulaban por la Inglaterra del siglo XII en las que el mismísimo demonio hacía que cadáveres ya enterrados volvieran de la tumba. Los habitantes de Drakelow eran supersticiosos y conocían la única forma de parar aquella locura: había que desenterrar los cuerpos y destruirlos. Para esto, había antes que obtener el permiso del ordinario del lugar. Stapenhill pertenecía a la diócesis de Coventry y Lichfield, cuyo Obispo en el momento de los hechos era el normando Robert de Limesey (antiguo capellán del mismísimo William I, el Conquistador), que permitió la exhumación de los dos cuerpos.
No especifica Geoffrey of Burton el número de quienes constituían aquella partida; tampoco su condición social o sus nombres. Se encaminaron hacia el cementerio de la iglesia de San Peter, en Stapenhill. Tras cavar por un tiempo, las palas arañaron la madera de las cajas, y al abrirlas, pudieron comprobar lo que quizás ya sospechaban de antemano: ninguno de los cadáveres mostraba signos de descomposición. Otro detalle, sin embargo, les hizo mirar instintivamente al cielo y calcular el tiempo que restaba hasta la puesta del sol. Los sudarios que cubrían las cabezas estaban manchados de sangre. Alguno debió pensar en los sanguisugae (vampiros), de los que se hablaba más al norte.

No había tiempo que perder y comenzó el macabro ritual. Ambos cadáveres fueron decapitados -usando, así lo creo, la herramienta apropiada, la "pala de sacristán" (sexton's spade)-. De nada serviría esto, si no se colocaban la cabezas en algún lugar alejado del cuello; alguien indicó que debían ponerse entre las piernas y así se hizo. Antes de volver a clavar las tapaderas en los ataúdes y para asegurarse de que los cadáveres no volvieran a aterrorizar al pueblo, se les extrajo el corazón. Anochecía cuando las cajas, convenientemente claveteadas, fueron nuevamente cubiertas de tierra. "Aún falta algo" -dijo uno de los lugareños-. "Hay que quemar los corazones, pero no en campo santo". Se encaminaron, entonces, a un lugar que el autor llama Dodecrossefora, cuya exacta localización nadie sabe; en todo caso, no debía estar muy lejos. Allí, a toda prisa, prepararon un pira, donde pusieron los dos corazones; después, le prendieron fuego.
Las llamas empezaron a consumir pronto los ramajes y a chamuscar los corazones. En la fría noche, alguno se acercó al fuego para calentarse. Entonces sucedió algo que a todos hizo retroceder horrorizados: de entre las lenguas de fuego que se elevaban y el humo negro, surgió una forma alada y negra, como un cuervo, que se alejó volando, dando unos graznidos espeluznantes.



Era ya noche cerrada cuando los hombres volvieron a Drakelow, pero ningún cadáver les salió al encuentro; no hubo tampoco golpes en las puertas de las casa, pues los revinientes no volvieron a merodear por el pueblo, ni sus alrededores. Y aunque no hubo que lamentar más muertes, los pocos habitantes que aún seguían vivos en Drakelow, cogieron todo lo que sus carros podían transportar y abandonaron el pueblo; también lo hizo el conde Roger con su familia. Todos se refugiaron en la villa de Gresley, donde se quedaron a vivir (no sin la oposición de algunos de sus nuevos vecinos). Y cuenta el Abad Geoffrey que Drakelow quedó desierta. Los supervivientes dieron gracias a Dios y a Santa Modwenna por haber escapado con vida, pero ninguno de ellos osó volver a su pueblo, temiendo una nueva venganza del cielo.
FINIS

viernes, 25 de junio de 2010

El diablo de Drakelow (2)

Por el camino que baja desde Stapenhill a Drakelow, los vecinos vieron venir los dos cadáveres que acababan de inhumar, cubiertos con sus mortajas, y ambos cargando con su ataud a las espaldas. No podían creer lo que estaban viendo: parecía como si los dos muertos ambulantes repitieran la huída que había provocado el conflicto. Aterrados, los lugareños corrieron a refugiarse en sus casas. Cuando el sol se ocultó, los cadáveres vagaron por los campos que rodeaban Drakelow, transformándose en oso, perro y otros animales que el autor del relato no detalló. Así sucedió durante varias jornadas consecutivas, de modo que nadie salía de sus casas tras el crepúsculo.
Pero no quedó ahí la cosa, pues los dos revinientes entraron en Drakelow. Noche tras noche, golpeaban con sus cajas de madera las puertas y muros de las viviendas. El ruido era insoportable, cesando sólo cuando, con voces estridentes, los dos cadáveres llamaban a los aterrados moradores, invitándoles a unirse a ellos en su siniestro deambular: "¡Moveos, venga, moveos! ¡Poneos en marcha y venid!". Nadie osaba salir de sus viviendas, ni enfrentarse a aquellos visitantes de ultratumba.



Y cuenta Geoffrey de Burton que, tras algunas noches de pesasdilla, una mortífera plaga se propagó por la villa de Drakelow. Uno tras otro, los lugareños iban muriendo, siendo muy pocos los que escaparon al contagio -entre ellos un normando llamado Drogo, a cuyo cargo había puesta el conde la villa-.
Roger de Poitevin al final entendió cuán gravemente había errado, cobijando a los dos siervos y enfrentándose a la abadía de Burton-Upon-Trent. Arrepentido y pesaroso, marchó a implorar el perdón de Geoffrey Malaterra y a instarle que intercediera por él ante Santa Modwenna, que tan duro castigo estaba infringiéndole a sus súbditos. A tal fin, encomendó a Drogo restituir a la abadía el doble de lo destruído. El abad perdonó al conde y Drogo hizo como le había pedido su señor, tras lo cual huyó de Drakelow a fin de evitar el contagio.
Sin embargo, los dos cadáveres ambulantes no dejaron de atormentar a los pocos habitantes que iban quedando en el pueblo. Haciendo acopio de valor, quienes aún no habían muerto o enfermado decidieron poner fin a aquella pesadilla.

jueves, 24 de junio de 2010

El diablo de Drakelow (1)

Hace algún tiempo descubrí una historia en la que llevo trabajando un año y sobre la cual pronto publicaré un artículo. En la Vida y Milagros de Santa Modwenna (s. XII), escrita por Geoffrey, abad del Monasterio benedictino de Burton-Upon-Trent (Staffordshire, Inglaterra) aparece el relato que resumo seguidamente.
Dos siervos del pueblecito llamado Stapenhill, que trabajaban en el monasterio citado, decidieron dejar de trabajar para Geoffrey Malaterra (no el autor del libro), por entonces abad de Burton (lo fue desde 1085 a 1094), y acogerse al conde normando Roger de Poitevin (¿1058?-¿1140?). Sus tierras estaban al otro lado del río Trent, de modo que marcharon a la villa de Drakelow, bajo la jurisdicción del anterior y al sur de Stapenhill. Tras comunicarle a Roger su intención, lo maldispusieron con el abad, de modo que el conde -dice la historia- sintió ganas de asesinarlo a la primera ocasión que se le presentase. Tanto Poitevin, como el abad Geoffrey Malaterra eran normandos, por lo que no cabe pensar en un conflicto étnico entre ellos. Los siervos eran, sin duda, anglo-sajones.
Por su parte, el abad Geoffrey, intentó atraerse de nuevo a los siervos mediante la coacción. No sólo no lo consiguió, sino que enfureció más a Roger, quien mandó una partida de caballeros y gente del pueblo a asaltar los graneros que los monjes tenían en Stapenhill. Tras esto, los jinetes cruzaron el río Trent e incendiaron unos campos al sur del monasterio, en un lugar llamado Blackpool. Geoffrey, enterado de la expedición militar de Roger, había ordenado a sus parientes, que eran caballeros, no presentar batalla a las huestes del normando; por el contrario, se dirigió con sus monjes a la capilla del monasterio, donde imploraron a Santa Modwenna (cuyos restos mortales custodiaban) que intercediera a su favor ante el Altísimo.
En todo caso, los parientes de Geoffrey, haciendo caso omiso de la prohibición del abad, presentaron batalla al Conde de Poitevin: pese a ser menos en número, pusieron a estos ultimos a la fuga, infringiéndoles una derrota. En su crónica de los hechos, Geoffrey de Burton atribuyó la victoria a los caballeros del Abad Malaterra, pero sobre todo a la intervención de Santa Modwenna.
Al día siguiente, los dos siervos huídos y refugiados en Drakelow fallecieron de muerte repentina. Los lugareños llevaron los cadáveres al cementerio de Stapenhill, anexo a la iglesia de San Pedro y situado junto al río Trent. Al terminar el sepelio, volvían los de Drakelow a sus casas. Era aún de día, cuando por el camino, vieron algo que les heló la sangre.
(Continúa en: http://eugenioolivares.blogspot.com/2010/06/el-diablo-de-drakelow-2.html)

domingo, 13 de junio de 2010

Zaqueo

Un hombre de baja estatura se sube a un árbol y su vida cambia.
La historia de Zaqueo, el publicano de Jericó, es narrada por San Lucas (19, 1–10). Poco se sabe de este hombre, pues el evangelista es parco en detalles: jefe de publicanos, rico (princeps publicanorum et ipse dives) y pequeño (statura pusillus). Los habitantes de Jericó le despreciaban por recaudar impuestos para los romanos y es de suponer que harían mofa de su tamaño. Un hombre así no tendría otros amigos que los recaudadores y gentes de mal vivir, como también le pasaba a Mateo, el publicano.
Aquel día, Zaqueo se enteró de que Jesús el Nazareno venía a Jericó. Probablemente había oído hablar de él: un hombre del que los fariseos recelaban (como de él), un hombre que se juntaba con publicanos y pecadores, un hombre que hacía milagros. Zaqueo sintió el deseo de verle. El gentío se agolpaba y no le dejaba pasar. Sus esfuerzos por ver al Nazareno, empinándose sobre las puntas de sus pies o dando saltitos, hacían que muchos entre la muchedumbre le miraran de reojo, quizás con una sonrisa de burla. Vio entonces Zaqueo un sicomoro (una especie de higuera), a unos metros del lugar por el que Jesús iba avanzando lentamente entre el gentío. Corrió hacia el árbol y, como un niño, se encaramó a una de sus ramas; ahora sí veía a Jesús.
Cuando el Nazareno pasaba junto al árbol giró su rostro hacia él y, mirándole, le dijo: "Zacchaee, festinans descende, nam hodie in domo tua oportet me manere" ("Zaqueo, bajo pronto, porque hoy debo quedarme en tu casa"; Lc 19, 5). El de Jericó se ruborizó, pues no salía de su asombro: Jesús sabía su nombre y se invitaba a su casa. ¿Acaso no conocía la mala fama que tenían los publicanos? La gente se quedaría atónita ante la familiaridad con que el de Nazareth trataba a aquel pecador. "¿Qué querrá de mí?" -pensaría Zaqueo- "¿Por qué ha dicho que debe quedarse en mi casa?", "¿Me pondrá en ridículo?". Muchas preguntas y ninguna respuesta. Otro se habría quedado en la higuera, cavilando aquella llamada de Jesús; él no. Saltó y, lleno de alegría ("gaudens", Lc 19, 6), se plantó ante quien le llamaba: ¡claro que le recibiría en su casa!. La mirada del Nazareno le llegó hasta el fondo del alma: Zaqueo, ataviado de ricos ropajes, se vio a sí mismo desnudo, sus errores y engaños (también sus buenos deseos e ilusiones) visibles a los ojos de aquel Hombre. La gente murmuraba y Zaqueo no pudo contener el torrente de palabras que venía a sus labios, su necesidad de ser perdonado y querido: "Ecce dimidium bonorum meorum, Domine, do pauperibus et, si quid aliquem defraudavi, reddo quadruplum" ("Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres y si engañé a alguno le daré cuatro veces más", Lc 19, 8). Ahí le apretaba el zapato al publicano: cobrando para los romanos, algo iba para su bolsillo. Y Jesús habló de nuevo, para Zaqueo y para los que aún no entendían lo que pasaba: "Hodie salus domui huic facta est, eo quod et ipse filius sit Abrahae; venit enim Filius hominis quaerere et salvum facere, quod perierat" ("Hoy la salvación ha venido a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido", Lc 19, 9-10).
Aquel día, Jesús de Nazareth entró en la casa (y en el corazón) de Zaqueo. ¡Cuántas cosas se dirían entre sí!

sábado, 29 de mayo de 2010

"Quizá"

Le pido prestado al filósofo judío Martin Buber (1878-1965) la siguiente historia, a la que añado algunas pinceladas mías.
Un sabio racionalista gustaba de disputar con el rabí Levi Jizchakun, un Zaddik ("justo", según la religión hebrea), a quien conocía desde niño. Solían conversar, siempre al atardecer, sobre la existencia de Dios.

Un día, el ateo (¿o quizás era agnóstico?) se encaminó a casa de su compañero con el firme propósito de destruir sus viejas pruebas en favor de la verdad de su fe; se veía con la responsabilidad de sacar al Zaddik de su credulidad. Cuando entró en el aposento de éste, lo encontró paseando por la habitación con un libro en las manos y sumido en profunda meditación. "Otra vez rezando", se dijo para sí el recién llegado, pues no era la primera vez que esto sucedía. Pero aquella tarde, el rabí parecía no reparar en la llegada de su amigo. No quiso interrumpirle y se sentó junto a un amplio ventanal que había en la habitación. El sol terminaba su periplo diario, y en la calle unas mujeres hablaban ruidosamente; un niño se empeñaba, inútilmente, porque una de ellas le hiciera caso. Por fin, el Zaddik miró ligeramente a su amigo y le dijo:
- "Quizá sea verdad".
El erudito no esperaba aquello. Intentaba en vano conservar la serenidad. El rabí Jizchakun le parecía ahora una imponente presencia, alguien que había abierto un abismo luminoso bajo sus pies. El Zaddik se volvió hacia él, le miró con afecto y le dijo:
- "Amigo mío, los grandes de la Torá, con los que has disputado, se han prodigado en palabras; tú te has echado a reír. Ni ellos ni yo podemos poner a Dios y a su reino sobre el tapete de la mesa. Pero piensa en esto: quizá sea verdad".
El racionalista hizo acopio de todas sus fuerzas para defenderse, pero aquel “quizá” era tan demoledor, tan inabarcable, tan evasivo, que no pudo pronunciar palabra alguna.

lunes, 17 de mayo de 2010

¡Qué bien hemos cenado!

Con la venia de un buen amigo de Bailén, os relato un sucedido que a él le contó su padre.
Dirigíase un buen curita a celebrar Misa en la Ermita de la Virgen de Zocueca, situado al Norte de la provincia de Jaén, en el municipio de Guarromán. A lomos de la mula del arriero, el camino era agradable y corría una brisa fresca.
Cuando faltaban aún unos kilómetros para llegar a la citada ermita, el de la sotana vino a reparar en una liebre que, probablemente abatida por unos cazadores, yacía junto a unos matorrales, al borde de la vereda.
- "Haga usted el favor de coger esa liebre, José" -dijo el cura al arriero- "que ahí, bien poco ha de servir".
El buen hombre, despacio, como sabiendo que la presa no habría de escapar, levantó del suelo al lepórido (que asi se conoce a estos animales y a sus primos, los conejos) y lo puso en su zurrón.
Al llegar a su destino, el Párroco dio la liebre al ama de la casa que, por aquel entonces, había junto a la ermita.
- "¿Cómo se la preparo, Pater?", preguntó aquella mujer.
- "Póngala usted al ajillo", dijo sonriente el cura, mientras desmontaba.
El ama limpió la liebre y la lavó. Luego, mientras preparaba un picadito de ajo, la troceó. Después, hizo un refrito con el ajo y le añadió un poco de perejil, al tiempo que la carne se iba dorando. Por último, alegró la cacerola con un vaso de vino blanco. Mientras el guiso se cocía a fuego lento, el ama fue a cumplir con el precepto dominical.

Cuando el Parróco hubo terminado la celebración litúrgica, se encaminó a la casa. La buena mujer le sirvió la liebre, adornada de una ramita de tomillo. Sentado a la mesa, el cura dio buena cuenta del manjar.
A la puerta le esperaba el arriero. Ya se alejaban de la ermita, cuando el satisfecho Párroco dijo a su acompañante:
- "¡Qué bien hemos comido! Bueno, al menos un servidor".
Nada respondió el arriero.

A la altura del lugar en el que habían encontrado la liebre muerta, un grupo de cazadores buscaban inútilmente su abatido trofeo. Cuando vieron al cura y al arriero, el más joven del grupo, les dijo:
- "Buenas tardes nos de Dios. ¿Han visto ustedes por aquí una liebre muerta?".
El arriero, con una sonrisa apenas esbozada, inclinó la cabeza a un lado, hacia donde estaba el Pater. Los cazadores, airados, bajaron al cura de la mula y le dieron una buena tunda; de nada le sirvieron al Párroco sus protestas. Cuando la partida de frustrados cazadores se hubo cobrado venganza, se marcharon de allí, dejando al cura maltrecho y muy corrido. Mientras el arriero le ayudaba a incorporarse, le dijo con sorna:
- "¡Qué manta de palos nos han dado! Bueno, al menos a usted".
Nada respondió el Párroco.

jueves, 18 de marzo de 2010

El sindicalista y el cura (II)

A la mañana siguiente, Sábado, nuestro premioso conductor estaba convencido de que se había excedido insultando al sacerdote. Pensaba que uno va perdiendo facultades con la edad y que el pobre cura no daba más de sí. Mirándose al espejo mientras se afeitaba, sintió la necesidad de disculparse ante el viejo, pero ¿cómo encontrarlo? Trató de quitarse la idea de la cabeza, pero no pudo: cuando se insulta a alguien, como cuando se le hiere en el cuerpo, queda una perforación, un desgarramiento, que es necesario sanar. “Sí, el Quinto Mandamiento”, se acordó de don Martín. Al terminar de afeitarse, apoyó las dos manos sobre el lavabo, e inclinó la cabeza sobre su pecho: “tengo que pedirle perdón. Es una cuestión de justicia”.
Tras vestirse, tomó un café rápido y salió a la calle a comprar pan. En su lugar habitual no quedaba más que integral, así que cruzó dos manzanas en dirección a un pequeño supermercado que había en una placeta. Entonces reparó en que en uno de los laterales del cuadrado se alzaba una iglesia; dos minutos más tarde estaba dentro, sentado en un banco de madera. No sabía por qué había entrado, pero no se estaba mal. No había nadie y olía a antiguo: cera, madera vieja y frías baldosas. Otra vez su padre preguntándole si se quería confesar. Miró a la izquerda y luego a la derecha: allí, tres filas hacia adelante, junto a un altar y una horrible imagen de una mujer vestida de monja, había un confesionario del que salía una tenue claridad. Se adivinaban las manos de alguien sosteniendo un libro abierto. Se incorporó y fue hacia allí. “El cura se va desmayar cuando le cuente”, susurró. Mientras se acercaba, recordó que el dolor era muy importante para confesarse bien, pero no sentía nada; bueno, sí, pena de haber dicho tantas cosas a aquel viejo cura..., y también de esto y de aquello. Se detuvo, justo bajo aquella siniestra imagen de la monja: los ojos de ella miraban hacia arriba y sus palmas se juntaban sobre su pecho. No recordaba ninguna oración, pero ya no había marcha atrás. Se plantó delante del confesionario y dijo: “Quiero confesarme”. El sacerdote cerró el libro y alzó el rostro, mientras apagaba la bombillita con la mano izquierda. “¡Joder!”. No podía creerlo: era el cura del día anterior. “Mire, yo…”. El confesor no le dejo continuar: “¿puedes arrodillarte, por favor?”.
Después de darle la absolución, el confesor le miró fijamente. Sus ojos esbozaron una sonrisa, al tiempo que preguntaba: “¿has pensado alguna vez hacerte sacerdote?”. Como un resorte, el sindicalista se puso en pie: “pero, ¿¡qué dice usted!?”…


Han pasado algunos años desde aquel día. Hoy, el protagonista de esta historia es párroco en una ciudad española. Lo que aquí he narrado es, esencialmente, verídico, y yo me he divertido mucho recreando el episodio.

miércoles, 17 de marzo de 2010

El sindicalista y el cura (I)

Un sindicalista conduce a más velocidad de la permitida por las estrechas calles de una ciudad española, una de esas urbes antiguas que no fueron pensadas para los coches. Lleva prisa. Un semáforo, un stop, un coche en doble fila. Frena y acelera. Se exaspera. A ambos lados de la vía empedrada caminan la gente camina con parsimonia. Llevan bolsas, carpetas, el carrito de la compra; su vida a cuestas. Durante unas décimas de segundo el conductor desvía la mirada al reloj digital de la guantera: llega tarde. Cuando vuelve a mirar al frente, ve con sobresalto como una figura de negro cruza la calle, escasos metros de su parachoques. Instintivamente, su pie pisa a fondo el pedal de freno. Las ruedas chirrían y el vehículo se detiene. Los ojos del osado peatón le miran con una mezcla de miedo y sorpresa. El conductor cae en la cuenta de que la persona a la que ha estado a punto de atropellar es un anciano sacerdote. La gente contempla la escena: el conductor se baja del coche iracundo y se dirige al cura, que ya se ha puesto a salvo en la acera. “Lo siento, no le he visto…”, musita el de la sotana, pidiendo perdón con su mirada. El conductor, fuera de si, le interrumpa y, a voces, increpa al viejo. Le insulta. Quisiera golpearle. Los espectadores se acercan. Unos piden un poco de respeto por el anciano y otros le censuran haber cruzado sin mirar. “¡Está chocho!”, se oye. Nuestro conductor se despacha, hasta que cae en la cuenta de que tiene prisa. Vuelve al coche y se marcha, mientras sigue maldiciendo al sacerdote.
Por la noche, ya en casa, nuestro airado conductor está aún nervioso. Ha sido un día difícil. De aquí para allá, bregando con la gente. “¡Y encima ese cura de los cojones! Menudo marrón si me lo cargo”, se dice al encenderse un cigarro. Aspira el humo y se va tranquilizando. Mientras se acomoda en el sillón, repasa la escena. La verdad es que iba más rápido de la cuenta. Había mirado el reloj y allí estaba el viejo. “Joder…” Entonces se acuerda de su padre, también anciano, y un recuerdo de la infancia se le viene a la memoria. Cogido de su mano, entra en la iglesia de su pueblo. Su padre siempre le hacía la misma pregunta los Domingos: “¿Quieres confesarte?”. Se incorpora en el sillón y deja caer las cenizas del cigarrillo: “Hace siglos que no me confieso”, piensa. Entonces siente pena del viejo sacerdote, tan viejo como Don Martín, el cura de su pueblo. No aguantaba sus sermones y cantaba muy mal, pero en el confesionario siempre le hacía reír; luego un cachete y como nuevo.
“Es tarde. Me voy a la cama”.

domingo, 3 de enero de 2010

Custom Madelman: Sebastián Varela

El 28 de noviembre de 1943 se completaba la organización de la llamada “Legión Azul”. Estaba formada por unos 1.500 voluntarios españoles que, al mando del coronel García Navarro, habían decidido seguir combatiendo junto al ejército alemán tras la vuelta a España de la División Azul. Esta legión tuvo una corta existencia pues, por razones políticas, el 11 de febrero del año siguiente se dispuso su disolución y la repatriación de sus miembros. Sin embargo, no todos regresaron. Entre ellos estaba Sebastián Varela.
La historia de aquellos voluntarios que se negaron a regresar, así como la de quienes salieron de España clandestinamente para combatir contra el Ejército Rojo es un tema controvertido y lleno de interrogantes. Parece ser que los españoles se integraron mayoritariamente en dos compañías (101 y 102) dentro de una unidad de las Waffen SS, “Unidad de Voluntarios Españoles” (Spanische Freiwilligen Einheit). Otros pudieron servir en la Wallonie SS, al mando de León Degrelle. Algunos autores llegan a afirmar que hubo españoles combatiendo en el norte de Italia, en la antigua Yugoslavia, en la frontera franco-alemana, ¡e incluso a las órdenes de Otto Skorzeny en las Ardenas!

El 16 de abril de 1945 el ejército soviético lanza su ofensiva contra Berlín. Miguel Ezquerra, un ex-divisionario y capitán de las Waffen SS, estaba al mando del Einsatzgruppe Ezquerra. Cuántos y quiénes eran sus integrantes no está claro: unos 250 españoles, quizás en su totalidad, de las Waffen SS, además de supervivientes de las divisiones Charlemagne y Wallonie, también SS. En su libro Berlín, a vida o muerte, el propio Ezquerra cuenta de forma un tanto novelesca la defensa desesperada del Reichstag. El 30 de abril el cerco ruso se cierra alrededor de la Cancillería, la Postdammer Platz y la Puerta de Brandemburgo. Ante la avalancha de los tanques T-34, Ezquerra y los suyos escapan por la Friedrichstrasse, atrincherándose cerca del búnker. Antes de eso, el “Sebas” –como le llamaban sus compañeros– dejó fuera de combate a uno de los carros de combate con el panzerfaust de un combatiente caído junto a él. No era la primera vez que destruía un T-34. Durante los primeros días de la Batalla de Berlín había inutilizado otro carro, motivo por el que lucía la preciada distinción sobre su manga derecha; seguramente no habría tiempo para reclamar la segunda.

Trascurrido algún tiempo, y junto a niños y adolescentes de las Hitlerjugend, el Sebas y sus camaradas intentan abrirse paso por el puente Havel. Los que no murieron bajo el fuego ruso, vuelven junto al búnker para rendirse. Ezquerra y alguno más logran refugiarse en la Embajada de España, mientras que al resto de los supervivientes de su grupo les esperaban nueve años en los campos de prisioneros de Stalin. Sebastián Varela fue de los que se cobijaron en la embajada española. Tras un penoso periplo, logró llegar a España.

(Las fechas y episodios referidos en este relato son históricos. También lo son los nombres, salvo el de Sebastián Varela. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. Esta recreación no tiene ninguna connotación o intención ideológicas)

viernes, 25 de diciembre de 2009

Custom Madelman: Reinaldo Roro

Cuando el ejército alemán atacó a la Unión Soviética, Reinaldo Roro tenía 20 años y estudiaba derecho. Harto de la rutina de las clases en la Facultad y deslumbrado por las victorias de la Wehrmacht, fue de los primeros en alistarse en la unidad que pronto sería conocida como “División Azul”. Entre los días 14 y 20 de Julio (1941), los voluntarios fueron enviados por ferrocarril a Alemania, al cuartel de Grafenwöhr en Baviera. Tras una instrucción acelerada, el 31 juran lealtad al Führer en la lucha contra el comunismo y el 10 de Agosto parten en dirección al frente.
El 9 de enero de 1942 se había formado la Compañía de Esquiadores, con la misión de cruzar el lago helado Ilmen a pie para socorrer a los alemanes. Reinaldo Roro tomó parte en aquella expedición. Había aprendido a esquiar de niño y ayudó a instruir a los más nobeles.
La misión de la Compañía de Esquiadores se cumplió, pero a un precio muy alto: los divisionarios tuvieron un 90 por ciento de bajas. Entre los que sobrevivieron, estaba Vicente.
En diciembre de 1942, el fervor de los primeros días había pasado. Éste era el segundo invierno en las inhóspitas tierras soviéticas y más de uno había perdido el buen humor. Lo cierto es que lo peor estaba aún por llegar. En Enero de 1943 comenzó una enorme ofensiva rusa sobre el lago Ladoga, para aliviar el cerco de Leningrado. Al mes siguiente, el 10 de febrero, comienza la batalla de Krasni Bor, el más sangriento episodio en el que la División Azul tomó parte.
Reinaldo Roro se mantuvo con vida y volvió a España cuando la División Española de Voluntarios fue repatriada.

(Los hechos referidos en esta recreación son históricos, el personaje no. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. Esta recreación no tiene ninguna connotación o intención ideológicas)

jueves, 26 de noviembre de 2009

¿Y ahora qué?

Un matrimonio tenía un único hijo. Su madre lo adoraba, el padre no tanto; era un hombre malhumorado que sólo sonreía cuando estaba fuera de casa, tomando unas copas con sus amigos. La vida en familia le hastiaba: hacía tiempo que había dejado de querer a su esposa -dudaba si lo había hecho alguna vez -. Por su hijo sentía una extraña mezcla de compasión, afecto y desdén. Pero sobre todo, le abrumaba la idea de tener que sacarlo adelante.
No encontraba su sitio en aquella casa con goteras, paredes repintadas y flores artificiales. Algunos días regresaba a casa más tarde de la cuenta. El niño dormía junto a su madre, como un cachorro. El padre, entonces, se acostaba vestido en la cama de su hijo. No le importaba, "Es un vínculo biológico, madre e hijo. No hay sitio para mí" -se decía, teorizando sobre la inevitabilidad de su situación-. Cuando el niño tenía ocho años, aquel hombre se marchó con lo puesto y no volvió más.
Pasaron los años. El muchacho crecía odiando a su padre, más bien la imagen de él que su madre le inculcaba, día tras día. Ella mimaba su rencor, lo amamantaba en su pecho, lo mecía entre sus brazos; y el rencor la consumió. Fue lo único que pudo dejarle a su hijo: "Tu padre nos abandonó". En el entierro el joven no pudo derramar ni una sola lágrima por su madre: estaba seco por dentro.
A los 43 años, cosas que pasan, aquel hombre descubrió por casualidad que su padre aún vivía, lejos de su ciudad. Compró un billete de tren y fue en su busca. Junto a la ventanilla, viendo pasar su vida, fantaseaba con la sentencia que arrojaría al corazón de aquel viejo. No quiso el azar que fuera así, pues al llegar descubrió que su padre había fallecido dos días antes. Sintió cómo una pena irrefrenable le venía al corazón, una hemorragia de llanto. Con rabia, se pasaba una y otra vez las manos por los ojos. No lograba entender el porqué de su angustia: "Yo no le quería. Le odiaba. ¡Él nos dejó!".
Ahora no sentía nada, sólo el vacío. "¿Y ahora qué?".

Beowulf MS

Beowulf MS
Hwaet!