El día que murió el poeta inglés Robert Browning (1812-1889), se publicó Asolando, su volumen póstumo de poesía. En uno de los poemas "Development" ("Desarrollo"), el autor comienza por narrar un episodio de su infancia.sábado, 15 de octubre de 2011
Papá responde pregunta y nace un poeta
El día que murió el poeta inglés Robert Browning (1812-1889), se publicó Asolando, su volumen póstumo de poesía. En uno de los poemas "Development" ("Desarrollo"), el autor comienza por narrar un episodio de su infancia.jueves, 16 de diciembre de 2010
Elena (1)
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| Elena elige su regalo de Reyes días antes del ingreso |
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| UCI del Maternal de Jaén |
(continua en http://eugenioolivares.blogspot.com/2010/12/elena-2.html)
sábado, 4 de diciembre de 2010
La Virgen de Torreciudad
La madre rompió a llorar al escuchar el relato del sacerdote. Ambos entendieron que aquella chica era la hija de Esther. Ella confesó entonces que, siempre que subía al santuario, le pedía a la Virgen, entre otras cosas, que ninguna de sus hijas (tenía más) muriera sin recibir los últimos sacramentos. Esther decidió que seguría subiendo a rezar ante la Virgen de Torreciudad.jueves, 11 de noviembre de 2010
El cura de los perros
| Abadía de Melrose |
Aterrado, el fraile vio despertar al reviniente, que dando alaridos se lanzaba hacia él a la carrera. Recuperando el valor, esperó el ataque del zombie y le asestó un hachazo que penetró en su cuerpo. Gritando de dolor, aquel engendro huyó a su tumba, que se abrió para recibirle, cerrándose después. Amanecía cuando los cuatro compañeros desenterraron el cadáver. La tumba estaba llena de la sangre que había brotado de la herida abierta. Tras quemar el cuerpo fuera de los muros de la abadía, esparcieron sus cenizas al viento. miércoles, 6 de octubre de 2010
Roma, 6 de octubre de 2002
martes, 5 de octubre de 2010
Un prodigio en la Inglaterra del siglo XII (2)
De vuelta a su monasterio, el monje se armó de valor y pidió ayuda a otro fraile, así como a dos jóvenes del lugar. Armados esperaron en el cementerio y como pasaba de la media noche y no aparecía el monstruo ("monstri"), tres de ellos volvieron al interior para calentarse al fuego, dejando solo al fraile que les había convocado. El diablo pensó que aquel era el mejor momento para atacarle e hizo levantarse ("excitavit") al cadáver. Un prodigio en la Inglaterra del siglo XII (1)
viernes, 3 de septiembre de 2010
Juzgad vosotros (2)
César está extrañado. No es hombre de bromas, y se le hiela la sangre cuando, en el rincón de la habitación en la que habla con su novia, una silueta negra comienza a tomar forma: es una mujer y, poco a poco, puede distinguir su rostro. Es su madre, la reconoce por las fotos de soltera y de boda que hay en su casa. César siente miedo, mucho miedo, pero su novia no ve nada; tampoco el padre de ésta, que viene corriendo al cuarto cuando ella lo llama. La aparición pide perdón al muchacho por haberle asustado. "¿Qué quiere, madre?, ¿qué quiere?". El padre de la joven forcejea con su hija para sacarla del cuarto, pero ella se resiste: "¡Déjame!", -y dirigiéndose a quien no ve, grita- "¿Qué quiere usted?, ¡váyase ya!". La aparición habla, pero sólo César la escucha: "Hijo mío, quiero que celebréis una Misa por mi alma en una catedral". Y desaparece.miércoles, 1 de septiembre de 2010
Juzgad vosotros (I)
Esta historia la he oído de labios de alguien a quien quiero. El protagonista era un primo suyo (le llamaré César, por ejemplo), ya fallecido, un hombre poco dado a supercherías, que ocasionalmente visitaba la Parroquia del pueblo y que una vez le contó este extraño suceso. He bromeado con mi informante, hasta el punto de enojarlo, diciéndole que no me creo nada de este tipo de relatos. Juzgad vosotros.sábado, 26 de junio de 2010
El diablo de Drakelow (3)
viernes, 25 de junio de 2010
El diablo de Drakelow (2)
Roger de Poitevin al final entendió cuán gravemente había errado, cobijando a los dos
siervos y enfrentándose a la abadía de Burton-Upon-Trent. Arrepentido y pesaroso, marchó a implorar el perdón de Geoffrey Malaterra y a instarle que intercediera por él ante Santa Modwenna, que tan duro castigo estaba infringiéndole a sus súbditos. A tal fin, encomendó a Drogo restituir a la abadía el doble de lo destruído. El abad perdonó al conde y Drogo hizo como le había pedido su señor, tras lo cual huyó de Drakelow a fin de evitar el contagio.jueves, 24 de junio de 2010
El diablo de Drakelow (1)
Hace algún tiempo descubrí una historia en la que llevo trabajando un año y sobre la cual pronto publicaré un artículo. En la Vida y Milagros de Santa Modwenna (s. XII), escrita por Geoffrey, abad del Monasterio benedictino de Burton-Upon-Trent (Staffordshire, Inglaterra) aparece el relato que resumo seguidamente.domingo, 13 de junio de 2010
Zaqueo
Un hombre de baja estatura se sube a un árbol y su vida cambia.La historia de Zaqueo, el publicano de Jericó, es narrada por San Lucas (19, 1–10). Poco se sabe de este hombre, pues el evangelista es parco en detalles: jefe de publicanos, rico (princeps publicanorum et ipse dives) y pequeño (statura pusillus). Los habitantes de Jericó le despreciaban por recaudar impuestos para los romanos y es de suponer que harían mofa de su tamaño. Un hombre así no tendría otros amigos que los recaudadores y gentes de mal vivir, como también le pasaba a Mateo, el publicano.
Aquel día, Zaqueo se enteró de que Jesús el Nazareno venía a Jericó. Probablemente había oído hablar de él: un hombre del que los fariseos recelaban (como de él), un hombre que se juntaba con publicanos y pecadores, un hombre que hacía milagros. Zaqueo sintió el deseo de verle. El gentío se agolpaba y no le dejaba pasar. Sus esfuerzos por ver al Nazareno, empinándose sobre las puntas de sus pies o dando saltitos, hacían que muchos entre la muchedumbre le miraran de reojo, quizás con una sonrisa de burla. Vio entonces Zaqueo un sicomoro (una especie de higuera), a unos metros del lugar por el que Jesús iba avanzando lentamente entre el gentío. Corrió hacia el árbol y, como un niño, se encaramó a una de sus ramas; ahora sí veía a Jesús.
sábado, 29 de mayo de 2010
"Quizá"
Le pido prestado al filósofo judío Martin Buber (1878-1965) la siguiente historia, a la que añado algunas pinceladas mías.Un sabio racionalista gustaba de disputar con el rabí Levi Jizchakun, un Zaddik ("justo", según la religión hebrea), a quien conocía desde niño. Solían conversar, siempre al atardecer, sobre la existencia de Dios.
El racionalista hizo acopio de todas sus fuerzas para defenderse, pero aquel “quizá” era tan demoledor, tan inabarcable, tan evasivo, que no pudo pronunciar palabra alguna.
lunes, 17 de mayo de 2010
¡Qué bien hemos cenado!
Dirigíase un buen curita a celebrar Misa en la Ermita de la Virgen de Zocueca, situado al Norte de la provincia de Jaén, en el municipio de Guarromán. A lomos de la mula del arriero, el camino era agradable y corría una brisa fresca.
Cuando faltaban aún unos kilómetros para llegar a la citada ermita, el de la sotana vino a reparar en una liebre que, probablemente abatida por unos cazadores, yacía junto a unos matorrales, al borde de la vereda.
- "Haga usted el favor de coger esa liebre, José" -dijo el cura al arriero- "que ahí, bien poco ha de servir".
El buen hombre, despacio, como sabiendo que la presa no habría de escapar, levantó del suelo al lepórido (que asi se conoce a estos animales y a sus primos, los conejos) y lo puso en su zurrón.
Al llegar a su destino, el Párroco dio la liebre al ama de la casa que, por aquel entonces, había junto a la ermita.
- "¿Cómo se la preparo, Pater?", preguntó aquella mujer.
- "Póngala usted al ajillo", dijo sonriente el cura, mientras desmontaba.
El ama limpió la liebre y la lavó. Luego, mientras preparaba un picadito de ajo, la troceó. Después, hizo un refrito con el ajo y le añadió un poco de perejil, al tiempo que la carne se iba dorando. Por último, alegró la cacerola con un vaso de vino blanco. Mientras el guiso se cocía a fuego lento, el ama fue a cumplir con el precepto dominical.
A la altura del lugar en el que habían encontrado la liebre muerta, un grupo de cazadores buscaban inútilmente su abatido trofeo. Cuando vieron al cura y al arriero, el más joven del grupo, les dijo:
- "Buenas tardes nos de Dios. ¿Han visto ustedes por aquí una liebre muerta?".
El arriero, con una sonrisa apenas esbozada, inclinó la cabeza a un lado, hacia donde estaba el Pater. Los cazadores, airados, bajaron al cura de la mula y le dieron una buena tunda; de nada le sirvieron al Párroco sus protestas. Cuando la partida de frustrados cazadores se hubo cobrado venganza, se marcharon de allí, dejando al cura maltrecho y muy corrido. Mientras el arriero le ayudaba a incorporarse, le dijo con sorna:
- "¡Qué manta de palos nos han dado! Bueno, al menos a usted".
Nada respondió el Párroco.
jueves, 18 de marzo de 2010
El sindicalista y el cura (II)
A la mañana siguiente, Sábado, nuestro premioso conductor estaba convencido de que se había excedido insultando al sacerdote. Pensaba que uno va perdiendo facultades con la edad y que el pobre cura no daba más de sí. Mirándose al espejo mientras se afeitaba, sintió la necesidad de disculparse ante el viejo, pero ¿cómo encontrarlo? Trató de quitarse la idea de la cabeza, pero no pudo: cuando se insulta a alguien, como cuando se le hiere en el cuerpo, queda una perforación, un desgarramiento, que es necesario sanar. “Sí, el Quinto Mandamiento”, se acordó de don Martín. Al terminar de afeitarse, apoyó las dos manos sobre el lavabo, e inclinó la cabeza sobre su pecho: “tengo que pedirle perdón. Es una cuestión de justicia”.Tras vestirse, tomó un café rápido y salió a la calle a comprar pan. En su lugar habitual no quedaba más que integral, así que cruzó dos manzanas en dirección a un pequeño supermercado que había en una placeta. Entonces reparó en que en uno de los laterales del cuadrado se alzaba una iglesia; dos minutos más tarde estaba dentro, sentado en un banco de madera. No sabía por qué había entrado, pero no se estaba mal. No había nadie y olía a antiguo: cera, madera vieja y frías baldosas. Otra vez su padre preguntándole si se quería confesar. Miró a la izquerda y luego a la derecha: allí, tres filas hacia adelante, junto a un altar y una horrible imagen de una mujer vestida de monja, había un confesionario del que salía una tenue claridad. Se adivinaban las manos de alguien sosteniendo un libro abierto. Se incorporó y fue hacia allí. “El cura se va desmayar cuando le cuente”, susurró. Mientras se acercaba, recordó que el dolor era muy importante para confesarse bien, pero no sentía nada; bueno, sí, pena de haber dicho tantas cosas a aquel viejo cura..., y también de esto y de aquello. Se detuvo, justo bajo aquella siniestra imagen de la monja: los ojos de ella miraban hacia arriba y sus palmas se juntaban sobre su pecho. No recordaba ninguna oración, pero ya no había marcha atrás. Se plantó delante del confesionario y dijo: “Quiero confesarme”. El sacerdote cerró el libro y alzó el rostro, mientras apagaba la bombillita con la mano izquierda. “¡Joder!”. No podía creerlo: era el cura del día anterior. “Mire, yo…”. El confesor no le dejo continuar: “¿puedes arrodillarte, por favor?”.
Después de darle la absolución, el confesor le miró fijamente. Sus ojos esbozaron una sonrisa, al tiempo que preguntaba: “¿has pensado alguna vez hacerte sacerdote?”. Como un resorte, el sindicalista se puso en pie: “pero, ¿¡qué dice usted!?”…
Han pasado algunos años desde aquel día. Hoy, el protagonista de esta historia es párroco en una ciudad española. Lo que aquí he narrado es, esencialmente, verídico, y yo me he divertido mucho recreando el episodio.
miércoles, 17 de marzo de 2010
El sindicalista y el cura (I)
Un sindicalista conduce a más velocidad de la permitida por las estrechas calles de una ciudad española, una de esas urbes antiguas que no fueron pensadas para los coches. Lleva prisa. Un semáforo, un stop, un coche en doble fila. Frena y acelera. Se exaspera. A ambos lados de la vía empedrada caminan la gente camina con parsimonia. Llevan bolsas, carpetas, el carrito de la compra; su vida a cuestas. Durante unas décimas de segundo el conductor desvía la mirada al reloj digital de la guantera: llega tarde. Cuando vuelve a mirar al frente, ve con sobresalto como una figura de negro cruza la calle, escasos metros de su parachoques. Instintivamente, su pie pisa a fondo el pedal de freno. Las ruedas chirrían y el vehículo se detiene. Los ojos del osado peatón le miran con una mezcla de miedo y sorpresa. El conductor cae en la cuenta de que la persona a la que ha estado a punto de atropellar es un anciano sacerdote. La gente contempla la escena: el conductor se baja del coche iracundo y se dirige al cura, que ya se ha puesto a salvo en la acera. “Lo siento, no le he visto…”, musita el de la sotana, pidiendo perdón con su mirada. El conductor, fuera de si, le interrumpa y, a voces, increpa al viejo. Le insulta. Quisiera golpearle. Los espectadores se acercan. Unos piden un poco de respeto por el anciano y otros le censuran haber cruzado sin mirar. “¡Está chocho!”, se oye. Nuestro conductor se despacha, hasta que cae en la cuenta de que tiene prisa. Vuelve al coche y se marcha, mientras sigue maldiciendo al sacerdote.Por la noche, ya en casa, nuestro airado conductor está aún nervioso. Ha sido un día difícil. De aquí para allá, bregando con la gente. “¡Y encima ese cura de los cojones! Menudo marrón si me lo cargo”, se dice al encenderse un cigarro. Aspira el humo y se va tranquilizando. Mientras se acomoda en el sillón, repasa la escena. La verdad es que iba más rápido de la cuenta. Había mirado el reloj y allí estaba el viejo. “Joder…” Entonces se acuerda de su padre, también anciano, y un recuerdo de la infancia se le viene a la memoria. Cogido de su mano, entra en la iglesia de su pueblo. Su padre siempre le hacía la misma pregunta los Domingos: “¿Quieres confesarte?”. Se incorpora en el sillón y deja caer las cenizas del cigarrillo: “Hace siglos que no me confieso”, piensa. Entonces siente pena del viejo sacerdote, tan viejo como Don Martín, el cura de su pueblo. No aguantaba sus sermones y cantaba muy mal, pero en el confesionario siempre le hacía reír; luego un cachete y como nuevo.
“Es tarde. Me voy a la cama”.
domingo, 3 de enero de 2010
Custom Madelman: Sebastián Varela
La historia de aquellos voluntarios que se negaron a regresar, así como la de quienes salieron de España clandestinamente para combatir contra el Ejército Rojo es un tema controvertido y lleno de interrogantes. Parece ser que los españoles se integraron mayoritariamente en dos compañías (101 y 102) dentro de una unidad de las Waffen SS, “Unidad de Voluntarios Españoles” (Spanische Freiwilligen Einheit). Otros pudieron servir en la Wallonie SS, al mando de León Degrelle. Algunos autores llegan a afirmar que hubo españoles combatiendo en el norte de Italia, en la antigua Yugoslavia, en la frontera franco-alemana, ¡e incluso a las órdenes de Otto Skorzeny en las Ardenas!
viernes, 25 de diciembre de 2009
Custom Madelman: Reinaldo Roro
Cuando el ejército alemán atacó a la Unión Soviética, Reinaldo Roro tenía 20 años y estudiaba derecho. Harto de la rutina de las clases en la Facultad y deslumbrado por las victorias de la Wehrmacht, fue de los primeros en alistarse en la unidad que pronto sería conocida como “División Azul”. Entre los días 14 y 20 de Julio (1941), los voluntarios fueron enviados por ferrocarril a Alemania, al cuartel de Grafenwöhr en Baviera. Tras una instrucción acelerada, el 31 juran lealtad al Führer en la lucha contra el comunismo y el 10 de Agosto parten en dirección al frente.El 9 de enero de 1942 se había formado la Compañía de Esquiadores, con la misión de cruzar el lago helado Ilmen a pie para socorrer a los alemanes. Reinaldo Roro tomó parte en aquella expedición. Había aprendido a esquiar de niño y ayudó a instruir a los más nobeles.
La misión de la Compañía de Esquiadores se cumplió, pero a un precio muy alto: los divisionarios tuvieron un 90 por ciento de bajas. Entre los que sobrevivieron, estaba Vicente.
(Los hechos referidos en esta recreación son históricos, el personaje no. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. Esta recreación no tiene ninguna connotación o intención ideológicas)
jueves, 26 de noviembre de 2009
¿Y ahora qué?
Un matrimonio tenía un único hijo. Su madre lo adoraba, el padre no tanto; era un hombre malhumorado que sólo sonreía cuando estaba fuera de casa, tomando unas copas con sus amigos. La vida en familia le hastiaba: hacía tiempo que había dejado de querer a su esposa -dudaba si lo había hecho alguna vez -. Por su hijo sentía una extraña mezcla de compasión, afecto y desdén. Pero sobre todo, le abrumaba la idea de tener que sacarlo adelante.



















