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domingo, 3 de noviembre de 2013

Otra vez Drácula...pero no es Drácula

Esperaba yo con cierto interés la nueva serie televisiva sobre Drácula. Pero después de ver el primer capítulo (y pasar superficialmente por el segundo), he decidido que no voy a seguir la serie. ¿Mis motivos?
1. Se trata de un cruce entre el Dracula de Coppola y alguna de las entregas de Underworld, con un toque a lo Van Helsing. También hay algo de los últimos Sherlock Holmes.
2. A esto hay que añadir un erotismo molesto y al límite de la calificación de "para mayores de 14 años". 
3. Pero quizás lo que más me molesta es que hayan puesto al lampiño Jonathan Rhys Meyers en el papel del Conde Drácula. Con esto se consigue que el espectador piense (al ver al chupasangre en acción) que está ante un adolescente disfrazado de vampiro en la noche de Halloween. Y es que el joven Enrique VIII de los Tudor no está a la altura del añoso héroe rumano; por favor, Drácula es otra cosa.
De la relación entre esta serie y el libro de Bram Stoker no digo nada, porque nada hay que decir.
En fin, que sigo viendo The Walking Dead, y espero a que empiece la nueva temporada de Vikings.

sábado, 9 de marzo de 2013

Mi última publicación

O
Hace unos días se ha publicado un interesante monográfico sobre vampiros (Vampiros a contraluz. Constantes y modalizaciones del Vampiros en el Arte y la Cultura. Granada: Editorial Comares, 2012), que recoge una serie de contribuciones de distintos especialistas en las diversas áreas en las que el mito del vampiro ha tenido eco. Se trata de conferencias impartidas en su día en la Universidad de Granada, y yo tuve la suerte de participar.
El volumen tiene un acabado excelente (con ilustraciones incluidas al final), y los editores -Margarita Carretero, Diego Díaz, Macarena Reyes y Sara Rodríguez- han hecho un excelente trabajo. Parece que, además, vendrá algún volumen más.
Mi contribución lleva por título “El reviniente del Castillo de Anantis: Autopsia de un relato del s. XII” y aborda un tema al que dediqué en su día dos entradas.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Una historia danesa (II)

Asmundus –que aún vivía– vio bajar al intruso, y por sorpresa ocupó su lugar en la cesta, arrojándolo al suelo. Los que estaban fuera, creyendo izar a su compañero, sacaron a Asmundus de la gruta. Al verlo, los suecos creyeron que era un draugr (un muerto ambulante), pues el rostro de Asmundus estaba cubierto de la sangre que manaba abundantemente de una herida abierta donde antes había estado su oreja. 
Iban a darse a la fuga los aterrorizados suecos, cuando Asmundus les narró su historia:
“¿Por qué os asombráis al verme sin color? Verdaderamente todo hombre ha de desvanecerse entre los muertos. Por alguna argucia de los poderes infernales el espíritu de Asuithus ha regresado desde el inframundo, y con dientes crueles se ha comido a su caballo; después el perro ha sido pasto de sus mandíbulas abominables. 
No satisfecho tras devorar corcel y sabueso, con uñas afiladas se lanzó hacia mí, desgarrándome la mejillas y arrancándome la oreja. Eso explica el horrible aspecto de mi rostro desfigurado, y la sangre que brota a borbotones de tan fea herida. Y sin embargo, el causante de tanto horror no ha salido indemne: pronto corté su cabeza con mi acero, y empalé su malvado cadáver en una estaca”. 
Dos detalles llaman la atención en este relato. En primer lugar, la decapitación y posterior empalamiento de Asuithus recuerda al modo en el que los vampiros son destruidos. En segundo, este draugr nórdico se comporta como un auténtico zombie, movido por un apetito voraz. Así pues, los cientos de “caminantes” que semanalmente deambulan hambrientos en la serie The Walking Dead no son, en modo alguno, una creación del mundo actual.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Las luces y sus sombras

Fue curiosamente en la Europa de la Ilustración, cuando el bebedor de sangre se convierte en el epítome del horror, oculto entre las sombras del siglo de las luces, cuyo racionalismo no hizo sino espolear su resurgir. Ya antes, a partir del siglo XVII, la prensa europea se empezaba a hacer eco de extraños sucesos que estaban ocurriendo en países de la Europa oriental. El Mercure Galant, periódico editado en París, ofrece en mayo de 1693 la siguiente noticia:

Ustedes habrán podido oír hablar ya de una cosa realmente extraordinaria que se encuentra en Polonia y sobre todo en Rusia. 
Imagen original de la noticia en el Mercure Galant
Se trata de cuerpos muertos que se llaman en latín Striges y en la lengua del país Upierz y que tienen un cierto humor que las gentes y ciertas personas sabias aseguran que es sangre. Se dice que el demonio saca esta sangre del cuerpo de una persona viva o de algún ganado y que la lleva a un cuerpo muerto, porque se pretende que el demonio sale del cadáver cierto tiempo, desde mediodía a medianoche, después de lo cual vuelve a él y le pone la sangre que ha recogido. Esta sangre se encuentra con el tiempo en tal abundancia en el cadáver, que sale por la boca por la nariz y sobre todo por las orejas del muerto («Corps morts...», Mercure Galant, París, Bureau de Mercure, pp. 62-9).
Pero lo que definitivamente llevó al vampiro a primera plana en toda Europa fueron los hechos ocurridos en la Prusia oriental (1721) y en el Imperio Austro-Húngaro (1725-1734). Destacan dos. El caso de Arnold Paole (Meduegna, cerca de Belgrado; invierno de 1731-1732) obligó a las autoridades a promover una investigación oficial sobre lo acontecido, dando lugar al documento conocido como Visum et Repertum (Visto y Descubierto); sendas traducciones al castellano y catalán pueden consultarse en: http://www.ceev.net/textos.htm. 
También estuvo ampliamente documentado el caso de Peter Plojogowitz (Kisolova, cerca de Gradiska; septiembre de 1728).

sábado, 11 de junio de 2011

El reviniente de Anantis (II)

(viene de http://eugenioolivares.blogspot.com/2011/06/el-reviniente-de-anantis-1.html)

El párroco decidió convocar tanto a sabios como a religiosos para un encuentro en su casa, a celebrarse el Domingo de Ramos. Había que encontrar una cura para aquella calamidad, y ofrecer consuelo a todos los que estaban padeciendo la epidemia. Tras pronunciar un sermón y concluir las ceremonias religiosas, el párroco ofreció un almuerzo en su casa. Mientras tanto, dos jóvenes hermanos – hijos de una victima de la plaga – decidieron que no iban a esperar por más tiempo: el monstruo había matado a su padre y ellos, por su propia seguridad y por vengase, desenterrarían a aquel azote y lo echarían a las llamas.
Llevando palas, se encaminaron al cementerio, preguntándose si tendrían que cavar muy profundo hasta dar con el cadáver. Para su sorpresa, apenas habían dado algunas paladas, cuando encontraron el cuerpo, cuya mortaja estaba hecha jirones. Además, el cuerpo estaba anormalmente hinchado y su cara, enrojecida. Arrebatados por la ira, hincaron la pala en el cuerpo; de la herida abierta manó abundante sangre. Después, llevaron el cuerpo fuera del pueblo y se prepararon para quemarlo en una hoguera improvisada. Pero antes, uno de los hermanos pensó que aquel pestífero cadáver no se consumiría, a menos que se le sacara el corazón. Así se hizo: tras abrir el costado al cuerpo, se extrajo la víscera con la mano. Para cuando el cuerpo estaba en llamas, llegaron el párroco y sus acompañantes, pues habían sido informados.

La pestilencia terminó, tan pronto como aquella bestia infernal  fue destruida.

martes, 7 de junio de 2011

El reviniente de Anantis (1)

En la Historia Rerum Anglicanum (cap.XXIV, libro V), el agustino e historiador inglés William of Newburgh (ca. 1136-1198) cuenta el siguiente relato, acaecido hacia 1198.
Un hombre malvado vivía en un castillo, llamado de Anantis. Su pasado era oscuro, pues había llegado huyendo de York, no se sabía si de la ley o de sus enemigos. Tras llegar a Anantis, encontró un trabajo y se casó, más no enmendó sus hábitos. Y sucedió que comenzó a sospechar que su esposa le engañaba. 
Una noche, cuando ella pensaba que se había marchado de viaje, con la connivencia de la sirvienta se subió a una de las vigas que había dentro de su dormitorio y allí permaneció escondido. Desde la altura pudo comprobar que sus sospechas no eran infundadas: ante sus ojos, su mujer se acostó con un joven. El marido tuvo un acceso de rabia y perdió el equilibrio, dando con sus huesos en el duro suelo, junto a la cama de los dos amantes. Quedó muy maltrecho, tanto que su mujer se apresuró a llamar al párroco – el mismo que relataría la historia a William –, con el fin de que, al menos, pudiera confesar sus pecados y recibir la Eucaristía. Pero el pobre desdichado decidió esperar hasta el día siguiente, que nunca llegó para él. 
Se le dio cristiana sepultura, aunque – como señala el narrador – había muerto sin estar en gracia de Dios. Sin embargo, no fue este el final de la historia; más bien todo lo contrario. Poco tiempo después del funeral, el difunto comenzó a abandonar su tumba por la noche y, por obra del mismísimo diablo, deambulaba por el lugar. Le seguía una jauría de perros que ladraban furiosamente, de modo que nadie se aventuraba fuera de sus casas tras la puesta del sol, por miedo a encontrarse con aquella monstruosidad. Al final, la descomposición del cuerpo terminó por contaminar el aire, hasta el punto que muerte y desolación entraron en los hogares como resultado de las pestilentes emanaciones. 
El lugar parecía abandonado, no sólo por la gran mortandad, sino porque los que sobrevivían escaparon de inmediato.

viernes, 13 de mayo de 2011

El día después

La densidad de los muertos vivientes es particularmente alta en textos ingleses del siglo XII, especialmente en las llamadas crónicas pseudo-históricas escritas por eclesiásticos, y que recogían leyendas populares junto a acontecimientos históricos.
Curiosamente, existe una cierta afinidad entre el siglo XI y el XXI, que viene marcada, a mi juicio, por una cultura post-apocalíptica, tras el terror milenario -en el caso de la centuria que se inicia en el 1001- y tras la amenaza nuclear que marcó el final del siglo XX. Entonces, como ahora, el hombre se encuentra emplazado en una especie de “Día después”. Así, y de forma metafórica, si en el siglo XI proliferan los relatos (en textos cultos y populares) sobre cadáveres que vuelven de la tumba, en el siglo XXI, la literatura popular, el cine, las series televisivas o los videojuegos inciden en temas como los zombies, los vampiros o la supervivencia de la humanidad a diferentes cataclismos. Muy apropiado me parece, por tanto, profundizar en este tema, no sólo para ilustrar un espacio concreto de la literatura medieval inglesa, sino para ofrecer una reflexión sobre el momento actual.

miércoles, 20 de abril de 2011

Rostros con historia (46)

Es verdad que era difícil.
Lo recuerdo como uno de los rostros más terróríficos de mi infancia cinematográfica. Se trata de la película Drácula (1979) de John Badham (http://www.imdb.com/title/tt0079073/), una cinta que pese a su calidad, no está entre las versiones cinematográficas más conocidas del conde.
El personaje es Mina van Helsing, hija del afamado cazavampiros, y una reinterpretación de Lucy Westenra en la novela de Stoker. La actriz es Jan Francis (1947) y ésta fue una de sus pocas apariciones en la gran pantalla.

sábado, 9 de abril de 2011

Rostros con historia (44)

Estoy muy desilusionado, pues nadie ha acertado al curioso personaje de la foto.
Se trata de Carl, el poco agraciado sirviente del Dr. Callistratus, en la película La sangre del vampiro (Blood of the Vampire, 1958), un film terrorífico (en varios sentidos). Con una factura que recuerda a las películas de la Hammer, ésta no consigue recrear el ambiente gótico y recargado que resulta tan atractivo en las primeras.
El actor británico Victor Maddern (1926-1993) interpretaba al personaje. Lo habéis visto en varias películas, haciendo de militar.

jueves, 7 de abril de 2011

Vuelvo a Granada

Acabo de regresar de Granada. Hoy, a las 11'30, tenía una conferencia en el Aula Magna de mi antigua Facultad (Filosofía y Letras) en el Campus de Cartuja. Creo que ha cambiado poco: sigue siendo una Facultad de anarquistas, comunistas, poetas, chicas listas con gafas redondas y chicos sin afeitar. La verdad, no sé en qué grupo encajaba yo, cuando llegué en 1988.
Mi Facultad me traía recuerdos de 091 (el mítico grupo granadino), el Paseo de los Tristes y el Campo del Príncipe; otras memorias prefiero olvidarlas. Estuve en Granada hasta septiembre de 1994, fecha en la que empecé a trabajar en la Universidad de Jaén.
Mi conferencia versaba sobre los vampiros en la literatura inglesa del siglo XII y estaba enmarcada en el Curso "Vampiros a Contraluz", de 30 horas de duración (http://canalugr.es/agenda-del-dia/icalrepeat.detail/2011/02/21/3067/). He analizado tres casos, pues en ellos el/los "reviniente/s" - el cadáver de un muerto que vuelve de su tumba para atormentar a los vivos - aparecen vinculados con la sangre, suya o de sus presuntas víctimas. Los casos en concreto eran:
-"The Devill of Drakelow", comentado en tres entradas de este blog.
- Dos casos recogidos por William of Newburgh en el cap. XXIV (libro V) de su Historia Rerum Anglicarum (1196-98): el caso del reviniente de Melrose y el caso del reviniente del castillo de Anantis.
Tras hablar una hora, y como nadie se atrevía (o quería) preguntar nada, me he puesto a hablar (cómo no) de Grendel, y de su afinidad con el vampiro folklórico y con los muertos vivientes (draugar) de la literatura nórdica.
Al bajarme del estrado, varios alumnos y alumnas de distintas titulaciones (había un filólogo clásico y una filóloga inglesa) han mostrado su interés por el tema, pues les ha resultado muy novedoso. El brillo en los ojos de un estudiante es, realmente, lo que más conforta a quien intenta transmitir conocimientos.

domingo, 27 de marzo de 2011

Rostros con historia (42)

Lui identificó al personaje de la foto; con entusiasmo escribe:
"Es Vampira, de la mítiquisima Plan 9 from outer Space, del director Ed Wood. Además, estoy segura de que es ella". Luego añade, que la actriz  es Maila Nurmi (1921-2008). 
Esta bella actriz finlandesa fue, además, la estrella de series televisivas de terror que se proyectaron en los USA durante finales de los 50. Vampira aparecía y presentaba el capítulo cada noche. La audiencia subió, especialmente en 1954-1955.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Un relato de vampiros, por Rubén Darío

Recientemente, he dado con un relato de Rubén Darío (1867-1916) que trata someramente del vampirismo. Aquí lo tenéis.

"Thanatopía"

-Mi padre fue el célebre doctor John Leen, miembro de la Real Sociedad de Investigaciones Psíquicas, de Londres, y muy conocido en el mundo científico por sus estudios sobre el hipnotismo y su célebre Memoria sobre el Old. Ha muerto no hace mucho tiempo. Dios lo tenga en gloria. (James Leen vació en su estómago gran parte de su cerveza y continuó):

-Os habéis reído de mí y de lo que llamáis mis preocupaciones y ridiculeces. Os perdono porque, francamente, no sospecháis ninguna de las cosas que no comprende nuestra filosofía en el cielo y en la tierra, como dice nuestro maravilloso William. No sabéis que he sufrido mucho, que sufro mucho, aun las más amargas torturas, a causa de vuestras risas... Sí, os repito: no puedo dormir sin luz, no puedo soportar la soledad de una casa abandonada; tiemblo al ruido misterioso que en horas crepusculares brota de los boscajes en un camino; no me agrada ver revolar un mochuelo o un murciélago; no visito, en ninguna ciudad, los cementerios; me martirizan las conversaciones sobre asuntos macabros, y cuando las tengo, mis ojos aguardan para cerrarse, al amor del sueño, que la luz aparezca.

Tengo horror de.. ¡oh Dios! de la muerte. Jamás me harían permanecer en una casa donde hubiese un cadáver, así fuese el de mi más amado amigo. Mirad: esa palabra es la más fatídica de las que existen en cualquier idioma: cadáver. Os habéis reído, os reís de mí: sea. Pero permitidme que os diga la verdad de mi secreto. Yo he llegado a la República Argentina, prófugo, después de haber estado cinco años preso, secuestrado miserablemente por el doctor Leen, mi padre, el cual, si era un gran sabio, sospecho que era un gran bandido. Por orden suya fui llevado a la casa de salud; por orden suya, pues, temía quizás que algún día me revelase lo que él pretendía tener oculto. Lo que vais a saber, porque ya me es imposible resistir el silencio por más tiempo.

Os advierto que no estoy borracho. No he sido loco. Él ordenó mi secuestro, porque... Poned atención.

(Delgado, rubio, nervioso, agitado por un frecuente estremecimiento, levantaba su busto James Leen, en la mesa de la cervecería en que, rodeado de amigos, nos decía esos conceptos. ¿Quién no le conoce en Buenos Aires? No es un excéntrico en su vida cotidiana. De cuando en cuando suele tener esos raros arranques. Como profesor, es uno de los más estimables en uno de nuestros principales colegios, y, como hombre de mundo, aunque un tanto silencioso, es uno de los mejores elementos jóvenes de los famosos cinderellas dance. Así prosiguió esa noche su extraña narración, que no nos atrevimos a calificar de fumisterie, dado el carácter de nuestro amigo. Dejamos al lector la apreciación de los hechos.)

-Desde muy joven perdí a mi madre, y fui enviado por orden paternal a un colegio de Oxford. Mi padre, que nunca se manifestó cariñoso conmigo, me iba a visitar de Londres una vez al año al establecimiento de educación en donde yo crecía, solitario en mi espíritu, sin afectos, sin halagos. Allí aprendí a ser triste. Físicamente era el retrato de mi madre, según me han dicho, y supongo que por esto el doctor procuraba mirarme lo menos que podía. No os diré más sobre esto. Son ideas que me vienen. Excusad la manera de mi narración.

Cuando he tocado ese tópico me he sentido conmovido por una reconocida fuerza. Procurad comprenderme. Digo, pues, que vivía yo solitario en miespíritu, aprendiendo tristeza en aquel colegio de muros negros, que veo aún en mi imaginación en noches de luna. ¡Oh cómo aprendí entonces a ser triste! Veo aún, por una ventana de mi cuarto, bañados de una pálida y maleficiosa luz lunar, los álamos, los cipreses -¿por qué había cipreses en el colegio?- y a lo largo del parque, viejos Términos carcomidos, leprosos de tiempo, en donde solían posar las lechuzas que criaba el abominable septuagenario y encorvado rector -¿para qué criaba lechuzas el rector?- Y oigo, en lo más silencioso de la noche, el vuelo de los animales nocturnos y los crujidos de las mesas y una media noche, os lo juro, una voz: James. ¡Oh voz!

Al cumplir los veinte años se me anunció un día la visita de mi padre. Alegréme, a pesar de que instintivamente sentía repulsión por él: alegréme, porque necesitaba en aquellos momentos desahogarme con alguien, aunque fuese con él. Llegó más amable que otras veces, y aunque no me miraba frente a frente, su voz sonaba grave, con cierta amabilidad. Yo le manifesté que deseaba, por fin, volver a Londres, que había concluido mis estudios; que si permanecía más tiempo en aquella casa, me moriría de tristeza. Su voz resonó grave, con cierta amabilidad para conmigo:

-He pensado, cabalmente, James, llevarte hoy mismo. El rector me ha comunicado que no estás bien de salud, que padeces de insomnios, que comes poco. El exceso de estudios es malo, como todos los excesos. Además, quería decirte, tengo otro motivo para llevarte a Londres. Mi edad necesita un apoyo y lo he buscado. Tienes una madrastra, a quien he de presentarte y que desea ardientemente conocerte. Hoy mismo vendrás, pues, conmigo. ¡Una madrastra! Y de pronto se me vino a la memoria mi dulce y blanca y rubia madrecita, que de niño me amó tanto, me mimó tanto, abandonada casi por mi padre, que se pasaba noches y días en su horrible laboratorio, mientras aquella pobre y delicada flor se consumía. ¡Una madrastra! Iría yo, pues, a soportar la tiranía de la nueva esposa del doctor Leen, quizá una espantable bluestocking, o una cruel sabihonda, o una bruja. Perdonad las palabras. A veces no sé ciertamente lo que digo, o quizá lo sé demasiado.

No contesté una sola palabra a mi padre, y, conforme con su disposición tomamos el tren que nos condujo a nuestra mansión de Londres.

Desde que llegamos, desde que penetré por la gran puerta antigua, a la que seguía una escalera oscura que daba al piso principal, me sorprendí desagradablemente: no había en casa uno solo de los antiguos sirvientes. Cuatro o cinco viejos enclenques, con grandes libreas flojas y negras, se inclinaban a nuestro paso, con genuflexiones tardías, mudos. Penetramos al gran salón. Todo estaba cambiado: los muebles de antes estaban substituidos por otros de un gusto seco y frío. Tan solamente quedaba en el fondo del salón un gran retrato de mi madre, obra de Dante Gabriel Rossetti, cubierto de un largo velo de crespón.

Mi padre me condujo a mis habitaciones, que no quedaban lejos de su laboratorio. Me dio las buenas tardes. Por una inexplicable cortesía, preguntéle por mi madrastra. Me contestó despaciosamente, recalcando las sílabas con una voz entre cariñosa y temerosa que entonces yo no comprendía:

-La verás luego. Que la has de ver es seguro, James. Adiós.- Ángeles del Señor, ¿por qué no me llevasteis con vosotros? Y tú, madre, madrecita mía? my sweet Lily, ¿por qué no me llevaste contigo en aquellos instantes? Hubiera preferido ser tragado por un abismo o pulverizado por una roca, o reducido a ceniza por la llama de un relámpago.

Fue esa misma noche, sí. Con una extraña fatiga de cuerpo y de espíritu, me había echado en el lecho, vestido con el mismo traje de viaje. Como en un ensueño, recuerdo haber oído acercarse a mi cuarto a uno de los viejos de la servidumbre, mascullando no sé qué palabras y mirándome vagamente con un par de ojillos estrábicos que me hacían el efecto de un mal sueño. Luego vi que prendió un candelabro con tres velas de cera. Cuando desperté a eso de las nueve, las velas ardían en la habitación. Lavéme. Mudéme. Luego sentí pasos, apareció mi padre. Por primera vez, ¡por primera vez!, vi sus ojos clavados en los míos. Unos indescriptibles ojos, os lo aseguro; unos ojos como no habéis visto jamás, ni veréis jamás: unos ojos con una retina casi roja, como ojos de conejo; unos ojos que os harían temblar por la manera especial con que miraban.

-Vamos hijo mío, te espera tu madrastra. Está allá, en el salón. Vamos.

Allá, en un sillón de alto respaldo, como una silla de coro, estaba sentada una mujer.

Ella...

Y mi padre:

-¡Acércate, mi pequeño James, acércate!

Me acerqué maquinalmente. La mujer me tendía la mano. Oí entonces, como si viniese del gran retrato, del gran retrato envuelto en crespón, aquella voz del colegio de Oxford, pero muy triste, mucho más triste: ¡James!

Tendí la mano. El contacto de aquella mano me heló, me horrorizó. Sentí hielo en mis huesos. Aquella mano rígida, fría, fría. Y la mujer no me miraba. Balbuceé un saludo, un cumplimiento. Y mi padre:

-Esposa mía, aquí tienes a tu hijastro, a nuestro muy amado James. Mírale, aquí le tienes; ya es tu hijo también.- Y me miró. Mis mandíbulas se afianzaron una contra otra. Me poseyó el espanto: aquellos ojos no tenían brillo alguno. Una idea comenzó, enloquecedora, horrible, horrible, a aparecer clara en mi cerebro. De pronto, un olor, olor... ese olor, ¡madre mía! ¡Dios mío! Ese olor -no os lo quiero decir- porque ya lo sabéis, y os protesto: lo discuto aún ; me eriza los cabellos.

Y luego brotó de aquellos labios blancos, de aquella mujer pálida, pálida, pálida, una voz, una voz como si saliese de un cántaro gemebundo o de un subterráneo:

-James, nuestro querido James, hijito mío, acércate; quiero darte un beso en la frente, otro beso en los ojos, otro beso en la boca...

No pude más. Grité:

— ¡Madre, socorro! ¡Ángeles de Dios, socorro! ¡Potestades celestes, todas, socorro! ¡Quiero partir de aquí pronto, pronto; que me saquen de aquí!

Oí la voz de mi padre:

-¡Cálmate, James! ¡Cálmate, hijo mío! Silencio, hijo mío.
-No -grité más alto, ya en lucha con los viejos de la servidumbre . Yo saldré de aquí y diré a todo el mundo que el doctor Leen es un cruel asesino; que su mujer es un vampiro; ¡que está casado mi padre con una muerta!

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Rostros con historia (40)

¡Inaudito!
Nadie ha acertado, ni siquiera el temible Jaimemarlow, la identidad de este personaje (Lui estuvo muy cerca, al señalar que era un vampiro), la película en la que aparece o el actor.
Pues bien, se trata de Germán Robles, un actor nacido en España (1929), aunque nacionalizado mexicano. En ese país protagonizó en 1957 El Vampiro, interpretando al Conde Karol de Lavud / Duval. Una película de culto.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Rostros con historia (38)

Hace unas semanas, participé en la Semana Gótica de Madrid (2010). Fui a dar una conferencia sobre el tema de los vampiros en la Edad Media. Me resultó muy curioso ver cómo, muchos de los asistentes, ataviados en sus mejores galas góticas, lucían en los ojos unas lentillas como las del rostro de la foto; el efecto era, sin duda alguna, notable.
Por cierto ¿sabéis quién es el personaje? Viene de la Europa Central.

jueves, 11 de noviembre de 2010

El cura de los perros

Abadía de Melrose
En el capítulo XXIV de su Historia rerum anglicarum (1196 a 1198; Historia de los asuntos ingleses), William of Newburgh (1136-1198), narra un suceso prodigioso. Habiendo fallecido el confesor de una insigne dama, fue enterrado en el cementerio de la Abadía de Melrose (Escocia).
En vida, este clérigo había descuidado la cura de almas para dedicarse con afán a la caza; tanto es así que se le conocía como el Hundeprest, esto es «el cura de los perros» (Hundeprest, id est Canum presbyter). Tal fue su vida que, después de morir, por las noches dejaba su tumba e intentaba entrar en la abadía, para distraer y atormentar a los que allí moraban. Como éstos se lo impedían, deambulaba por los alrededores, acechando con sus gemidos el dormitorio donde dormía la dama a la que el difunto había atendido en vida.


Tan asustada estaba la mujer que se confió a uno de los monjes, suplicándole las oraciones de su comunidad; a esto no se pudo negarse el religioso, pues ella era una generosa benefactora. De vuelta en la abadía, el monje se armó de valor y pidió ayuda a otro religioso, así como a dos jóvenes del lugar. Armados, se decidieron a esperar en el cementerio la venida del Hundeprest. Como pasaba de la media noche y no había aparecido el muerto ambulante, tres de ellos volvieron al interior para calentarse al fuego, dejando solo al monje que les había convocado. Satanás pensó que aquel era el mejor momento para atacar al fraile e hizo levantarse al cadáver.
Aterrado, el fraile vio despertar al reviniente, que dando alaridos se lanzaba hacia él a la carrera. Recuperando el valor, esperó el ataque del zombie y le asestó un hachazo que penetró en su cuerpo. Gritando de dolor, aquel engendro huyó a su tumba, que se abrió para recibirle, cerrándose después. Amanecía cuando los cuatro compañeros desenterraron el cadáver. La tumba estaba llena de la sangre que había brotado de la herida abierta. Tras quemar el cuerpo fuera de los muros de la abadía, esparcieron sus cenizas al viento.
Nunca más se supo del Hundeprest.
Destaca en esta narración la relevancia de la sangre, que fluye del cuerpo del cadáver y que ha llenado el sepulcro. Sin embargo, inferir que esta sangre ha sido succionada por el muerto ambulante es, a mi juicio, infundada.


lunes, 8 de noviembre de 2010

Rostros con historia (31)

"El personaje es el actor Max Schreck, interpretando a Nosferatu en la peli homónima; el actor que interpreta al actor (;-)) es Willem Dafoe; y la peli es La sombra del vampiro (Shadow of the Vampire, E. Elias Merhige, 2000)".  Perfecto, como siempre, Marlow.
Tengo que localizar un rostro que él no pueda identificar; y esto, antes de que acabe el año.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Un hombre llamado B.W. Hartley

Primera edición (Londres:
Archibald Constable and Co.)
La otra noche me dediqué a buscar en la web una primera edición de la novela Dracula, de Bram Stoker. Publicada en junio de 1897, esta obra convirtió a un príncipe de Valaquia, Vlad Tepes (1431-1476), en uno de los iconos visuales más populares del siglo XX. Lo dicho: que estaba buscando y localicé varias editiones principes de la obra, todas ellas a precios poco seductores.
También encontré una reedición de 1922 (London: Rider and Co.). El vendedor de este Dracula de 1897 incluía, además, fotocopia de una nota firmada por Bram Stoker -y fechada el 30 de noviembre de 1897- en la que, supuestamente, el autor regalaba una copia de su libro a un tal B.W. Hartley Esq[uire]. En el encabezado de la cuartilla aparece impreso:
Provincial Tour, 1897. Henry Irving, Miss Ellen Terry and The Lyceum Company.
Este texto identifica el papel como el usado por esta compañía teatral, fundada por el actor Henry Irving, de quien Stoker fue amigo y asistente personal; muchos defienden que el físico de este actor inspiró la descripción que el autor hizo de Drácula. En 1883, esta compañía visitó USA.
Desafortunadamente, las imágenes están protegidas y no puedo colgarlas en mi blog. Lo que sí he hecho es intentar averiguar quién era el tal Hartley. De todos los nombres localizados, me quedo con los siguientes:
  • Walter Hartley, director musical y organista, vivo aún en 1922, y mencionado en varios números de The Musical Times, así como en libros sobre música.
  • B.W. Hartley, un legislador de Kansas de finales del XIX. A éste personaje es a quien está dirigida una postal firmada por el político y jurista William Joshua Allen (1829-1902), concertando una cita con el primero en el Hotel “London & New York” de París, fechada el 5 de octubre de 1897. Nótese que 1897 es el año de publicación de Dracula y de la nota de Stoker. Hartley aparece también citado en otros documentos de tipo legal. Este Hartley parece haber trabajado como superintendente de educación -sea lo que fuere que esto significa-.
No he ido más allá. ¿Se anima alguien a echarme una mano?

lunes, 18 de octubre de 2010

Los vampiros en la Edad Media

El vampiro medieval es una abominación, un cadáver ambulante -generalmente el de un campesino-, que se levanta de su sepultura para asesinar y alimentarse, bebiendo la sangre de sus víctimas y devorando su carne. La muerte, indudablemente ha marcado su aspecto físico, pues la descomposición sólo se ha ralentizado. El espectro inmaterial, el fantasma que aparece una y otra vez en las obras de Shakespeare, aterroriza, produce pavor, aunque rara vez su encuentro conlleva la muerte. El reviniente -y el vampiro, por ende- es mucho más amenazador, pues su corporeidad amenaza la nuestra.
A falta de una tradición homogénea que se remonte al primer vampiro (estas genealogías sólo se dan en las lecturas recientes del fenómeno), el vampirismo surge más bien como una maldición que cae sobre todos aquellos que no han llevado una vida demasiado ejemplar. Por tanto, más que preguntar ¿de dónde vienen los vampiros?, la cuestión es ¿quién se puede convertir en vampiro? Los malditos que la tierra vomita de sus entrañas: ajusticiados, asesinos, sodomitas, fornicadores, herejes, suicidas, hechiceros, hombres lobo,.... La primera pregunta se fundamenta en la transmisión del vampirismo como algo contagioso, una característica ausente en los orígenes del mito. Por el contrario, la segunda es mucho más flexible y más aterradora, pues, junto a los malvados, hay también otros candidatos a ser vampiros, simplemente, por el azar: el séptimo hijo de un séptimo hijo o quien ha nacido con dientes.
En una época de muerte, hambruna y epidemias, especialmente sufridas por las clases más desfavorecidas, éstas dan forma a sus miedos, para así poder controlarlos y, quizás, eliminarlos. Entonces el vampiro, como ellos también un desheredado, personifica todo lo que temen. Para muchos, la realidad era tan atroz el vampiro surge para, al combatirlo, tener alguna oportunidad de enfrentarse a las tragedias de una penosa existencia. Luchando contra él, luchaban contra la muerte repentina, la miseria o, quizás, los frecuentes y mortales ataques de perros rabiosos. Las llamadas medidas *apotropaicas (término de etimología griega, que no figura en nuestra lengua y que traduzco del inglés apothropaics) para prevenir o, en su caso, eliminar al vampiro, son variadas y aparentemente desproporcionadas. Todas tienen una finalidad inmediata: impedir el movimiento antinatural del reviniente. Decapitación del cadáver, atarle las piernas, enterrarle en un cruce de caminos para producir su confusión, quemar el cuerpo, arrancar el corazón,…La medida tradicional y archiconocida de atravesar el corazón del vampiro con una estaca no pretendía, en su origen, más que clavar el cuerpo a su sepultura. Innumerables tumbas de sospechosos fueron profanadas y los cadáveres desenterrados. En ocasiones, los cuerpos, por diferentes circunstancias, presentaban un estado de descomposición retardado, habían aumentado de tamaño, o presentaban algún rastro rojizo en la boca; esto no era más que la confirmación de las sospechas de los lugareños. Así, el mito se retroalimentaba.



martes, 5 de octubre de 2010

Un prodigio en la Inglaterra del siglo XII (2)

(Viene de http://eugenioolivares.blogspot.com/2010/10/un-prodigio-en-la-inglaterra-del-siglo.html)
De vuelta  a su monasterio, el monje se armó de valor y pidió ayuda a otro fraile, así como a dos jóvenes del lugar. Armados esperaron en el cementerio y como pasaba de la media noche y no aparecía el monstruo ("monstri"), tres de ellos volvieron al interior para calentarse al fuego, dejando solo al fraile que les había convocado. El diablo pensó que aquel era el mejor momento para atacarle e hizo levantarse ("excitavit") al cadáver.


El aterrado fraile vio despertar al reviniente, que dando alaridos se lanzó a la carrera hacia él. Tras recuperar el valor, esperó el ataque de la plaga ("pestis") y le asestó un hachazo. Gritando de dolor, el reviniente huyó a su tumba que, sorprendentemente, se abrió para recibirle, cerrándose después.
Amanecía cuando los cuatro compañeros desenterraron el cadáver. La tumba estaba llena de la sangre que había brotado de la herida abierta ("et cruoris plurimum qui ex vulneri fluxerat, in sepulcro invenerunt"). Pronto decidieron qué había de hacerse con aquel maldito engendro. Tras quemar el cuerpo fuera de los muros del monasterio, esparcieron sus cenizas al viento. El desdichado clérigo nunca atormentó a nadie más.


Junto a las características compartidas con todos o algunos de los casos anteriores narrados por William of Newburgh (andanzas nocturnas, posible interés sexual del reviniente, binomio reviniente-peste y medidas extremas contra el reviniente), destaca la relevancia de la sangre que fluye del cuerpo del cadáver y que ha llenado el sepulcro. ¿Era ésta la sangre de sus víctimas?

Un prodigio en la Inglaterra del siglo XII (1)

En la obra latina Historia rerum anglicarum (1196 a 1198) del monje agustino William of Newburgh (1136-1198), aparecen varios relatos muy curiosos. De entre ellos, quiero fijarme hoy en uno recogido en el capítulo XXIV, "De quibusdam prodigiosis" ("Sobre ciertos prodigios"). 


El autor, un hombre cultivado y nada crédulo, comienza por hacer una reflexión general sobre los hechos que está recogiendo. Así, extrañado por el episodio que va a relatar, nos dice ignorar la causa por la que suceden cosas como las que va a narrar: un caso de muerto que vuelve de la tumba. Explica después que los abundantes testimonios ("testimonia abundarent") invitan a aceptar la veracidad de los sucesos recogidos. Además, y este dato es sintomático de la magnitud de los acontecimientos, el autor confiesa que si se propusiera recoger todos los episodios similares que él ha verificado en sus días, la tarea sería trabajosa y pesada.

Abadía de Melrose
Habiendo fallecido el capellán de una insigne dama, fue enterrado en una tumba en el monasterio cisterciense de Melrose (Roxburghshire, Escocia). En vida, este clérigo había descuidado la atención de las almas a él encomendadas, para dedicarse con afán a la caza; tanto es así que se le conocía como el Hundeprest, esto es "el cura de los perros" ("Hundeprest, id est Canum presbyter").

Por eso, después de morir, el desdichado dejaba su tumba por las noches e intentaba entrar en el monasterio para distraer y atormentar a los que allí moraban. Como éstos se lo impedían, deambulaba por los alrededores, acechando con sus gemidos el dormitorio donde dormía la dama a la que atendió en vida. Tan asustada estaba la mujer, que se confió a uno de los monjes, suplicándole oraciones de su comunidad; a esto no se pudo negar el fraile, pues ella era una generosa benefactora.

Beowulf MS

Beowulf MS
Hwaet!