domingo, 28 de junio de 2009

"Danny Boy"


“Danny Boy” es una balada irlandesa compuesta en 1910 y que se entona al son de un himno irlandés muy popular de principios de siglo (el Londonderry Air) cantado por los emigrantes que llegaban en oleadas a los Estados Unidos desde Eire.
En 1990 se estrenó la película “Muerte entre las flores” (Miller’s Crossing) de Joel y Ethan Coen. Leo O’Bannon es un irlandés que tiene el control político de una gran ciudad en la época de la ley seca. Sus métodos son los de un gangster; sus enemigos, la mafia italiana y su sentimentalismo: está ciegamente enamorado de una mujer que juega con él.


Como todo irlandés –como todo emigrante- añora a su patria. Tendido en la cama de su dormitorio, saborea un puro mientras escucha en su gramófono al tenor irlandés Frank Patterson interpretar “Danny Boy” en un disco de pizarra. Leo que, debemos suponer ha hecho fortuna en los bajos fondos, es extremadamente sagaz y distingue el olor de un humo distinto al que arde cerca de su nariz. Mira hacia la izquierda y puede observar los hilos grises que se filtran sinuosos entre las tablas de madera del suelo. Inmediatamente entiende lo que está pasando: hay fuego en el piso de abajo. Con la frialdad de quien sabe que la precipitación le delatará, se sienta en el borde de la cama, introduce cuidadosamente sus pies desnudos en las zapatillas y apaga el puro; después lo mete en el bolsillo de su batín. Antes de deslizarse debajo de su lecho, ha cogido el revólver que había en su mesita de noche.

Comienza una secuencia espléndida que concluye con los últimos sones de “Danny Boy”. Leo tiene otra vez el puro en boca; en sus manos sostiene una ametralladora Thompson, la famosa Tommy gun.



viernes, 26 de junio de 2009

Justo en medio de la calle



Hoy por la tarde, mi amigo Richard T. Meyer de Chicago, junta a su mujer Anne y sus seis hijos, asistirán a la Misa que se celebrará en honor de San Josemaría Escrivá en la Iglesia de Our Lady of the Angels en Chicago. Gustavo Galindo, de Méjico, y su esposa Betty, a quienes conocí en el 2003 en New Haven (USA), lo harán en la Catedral de St Patrick de Nueva York. Hoy, gente de todas las razas, de todas las condiciones sociales y en los cinco continentes darán gracias a Dios por la fidelidad de San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei.

El mensaje de este santo (1902-1975), en lo esencial, es bien sencillo. Cualquier hombre, por bautizado, está llamado a la santidad, a la identificación con Cristo. En el caso de las personas llamadas al Opus Dei -tú, por ejemplo- el modo concreto de alcanzar la santidad es quedarte donde estás, haciendo tu trabajo con perfección humana y profesional, queriendo a tu familia y amigos, y hablándoles a todos de Cristo con una sonrisa. Tienes toda la vida para hacerlo, sin desánimos, comenzando una y otra vez, hasta el último suspiro. Piensa esto cada vez que te levantes por la mañana.

"¿A quién molesta este santo?" -se preguntaba hace algún tiempo la periodista Pilar Urbano-. Muy sencillo: a quienes les gustaría que los cristianos estuvieran refugiados en las parroquias, en las sacristías, en los conventos, en los claustros,...en las catacumbas. No, los cristianos estamos, como ellos -y con el mismo derecho- justo en medio de la calle, en el fragor del mundo, bajo el sol y con la que está cayendo, porque ahí nos ha puesto Dios y San Josemaría nos lo recordaba insistentemente.

miércoles, 24 de junio de 2009

El megáfono de Dios

Al Joven -y agnóstico- C.S. Lewis le dieron dos consejos, a los que afortunadamente no hizo caso. El primero era que no se acercara a los "papistas", nombre despectivo con el que algunos protestantes designan a los católicos. El segundo fue más curioso aún: que no frecuentara la compañía de los filólogos. Tolkien era las dos cosas. Ambos coincidieron en Oxford. La influencia del autor de El Señor de los Anillos, así como la lectura de El Hombre Eterno de G.K. Chesterton (otro escritor católico), son esenciales a la hora de entender la vuelta de Lewis al Cristianismo. En cualquier caso, el autor de Las Crónicas de Narnia -y para desilusión de su amigo Tolkien- se mantuvo en la Iglesia Anglicana, por la que había recibido el bautizo en 1898. De todas formas, muchos de sus planteamientos doctrinales le acercan al Catolicismo (i.e., la existencia del Purgatorio).

En 1993 el actor Anthony Hopkins interpretó el papel de Lewis en la película Tierras de Penumbra (Shadowlands) del director británico Richar Attenborough. Como en otras ocasiones, Lewis habla a su audiencia sobre la aparente paradoja de la existencia de un Dios amoroso, de un lado, y el dolor en el mundo, de otro. La conclusión a la que él llega es, como mínimo, dura de oír. A mí, personalmente, me recuerda las palabras del Evangelio de Marcos, al describir la muerte del Crucificado: "Entonces Jesús, dando un grito, expiró" (15, 37).

lunes, 22 de junio de 2009

San Juan Fisher




Tal día como hoy, en 1535, moría decapitado en la Torre de Londres Juan Fisher, Obispo de Rochester desde 1504. La Iglesia lo canonizó el 19 de mayo de 1935 y celebra hoy su festividad, junto a la de Santo Tomás Moro.

Fisher se había ordenado sacerdote en 1491 y pronto (1497) se convirtió en el confessor de Margaret Beaufort, la madre del rey Enrique VII. Algún día escribiré aquí sobre ella. Sospecho que Tomás Moro llamó a su hija mayor Margaret por ella, pues creo que admiraba a esta mujer: modelo de mujer piadosa, muy culta -publicó varias traducciones del francés-y mecenas del mundo de las letras. Fue ella quien, alentada por Fisher, fundó el Christ’s College (1505) y el St. John’s College en Cambridge.

Tras la muerte de Margaret Beaufort, Fisher fue nombrado Canciller de esta Universidad en 1504. Durante la década de los 1520, con Enrique VIII (el nieto de Margaret Beaufort en el trono), Fisher se opuso abiertamente a las doctrinas luteranas que llegaban a Inglaterra, al tiempo que denunciaba las injerencias del estado en los asuntos de la Iglesia. Consciente de los problemas en el seno de la misma, instaba a todos a mantener una actitud de vigilancia y autocrítica para estar alerta a las mociones del Espíritu Santo.

Cuando el Rey Enrique planteó la posible nulidad de su matrimonio con Catalina de Aragón, Fisher tenía los días contados, pues tomó partido abiertamente por la reina. Luego vino su negativa a aceptar a Enrique como Cabeza de la Iglesia de Inglaterra por el “Acta de Supremacía” (1534); tampoco acató el “Acta de Sucesión”, en tanto que negaba la autoridad del Papa en cuestiones matrimoniales. Moro había hecho lo mismo. Ambos fueron encarcelados, el Obispo aquejado de una grave dolencia. Un año después, el Papa Pablo III le creaba Cardenal, enfureciendo a Enrique que le juzgó el 17 de junio por alta traición. Tres días después fue ejecutado y su cuerpo arrojado a una fosa común. Su amigo Tomás Moro pronto seguiría su misma suerte.

sábado, 20 de junio de 2009

Una teoría del coraje



Me dice mi amigo Javier Cercas que debo hacer las entradas del blog más breves; así que voy a intentar hacerle caso. Escribiré más a menudo, aunque de forma más escueta. Una vez a la semana, más o menos, publicaré algo de más entidad.
En 1999 John McTiernan dirigió la película El guerrero número 13 (The 13th Warrior). La historia cuenta las aventuras de un árabe, Ibn Fadlan (Antonio Banderas), que termina combatiendo al lado de un grupo de 12 vikingos Rus contra una tribu de salvajes criaturas primitivas, los Wendols. La cinta está inspirada en la novela Los devoradores de muertos (Eaters of the Dead), de Michael Crichton, que a su vez, es un curioso mestizaje entre el Beowulf anglosajón y el relato de los viajes de Ibn Fadlan, un embajador de Bagdad del siglo X.
La película es sólo para amantes del género épico. Sin embargo, al final, hay una secuencia que merece la pena. El “árabe” –como le llaman sus compañeros del Norte– y los escasos supervivientes que aún quedan con vida (incluido el jefe de la banda que agoniza), se disponen a enfrentarse a un enemigo muy superior en número (como siempre es el caso). Todos miran a su líder, que casi no puede levantar la espada del suelo, y entienden que no sobrevivirá; él también y, pese a todo, combatirá. Ninguno se moverá de su lado, aunque ello
signifique también la muerte. Tolkien llamó a esto el “heroísmo desnudo”, mucho más perfecto porque no espera recompensa, toda una “teoría del coraje”.
El jefe, entonces, comienza a recitar un poema –pronto se le une el resto de guerreros– en el que habla de sus ancestros y del lugar que espera a los héroes en los atrios del Valhala, el paraíso de la mitología nórdica. La combinación de música, palabras y el cabalgar de los caballos es emocionante. Cae la lluvia...
No he podido hacerlo más breve.

jueves, 18 de junio de 2009

Revinientes y vampiros



La creencia en los espectros es, pudiéramos decirlo así, una constante antropológica. El hombre siempre ha creído que el mundo de los vivos y el de los muertos interactúan entre sí, un planteamiento que consuela, pero también produce escalofrío. Y así los difuntos, entrando en una primera sistematización, pueden ser benévolos u hostiles. Para mi presente exposición debo centrarme en los segundos y concluir que en todas las culturas del mundo, desde los nativos americanos a los aborígenes de Oceanía, existe la creencia en unos seres que, habiendo fallecido, vuelven al reino de los vivos para atormentar y, en ocasiones, traer la muerte a familiares y vecinos. El término francés revenant ha gozado de cierto predicamento entre los estudiosos de esta creencia durante la Edad Media, adquiriendo un sentido muy específico. Revenant es el participio de presente de revenir, «retornar», «regresar», «volver». No se trata, por tanto, sólo de designar que alguien que murió, se aparece a los vivos (el tradicional fantasmo o espectro); sino de algo más aterrador: alguien que, pese a estar muerto, viene, o mejor dicho, vuelve con su cuerpo para agredir a los vivos. Materialidad y hostilidad manifiestas son, pues, los rasgos que definen a los revinientes medievales.
En castellano, «reviniente» no figura en el DRAE; «redivivo» (aparecido, resucitado), aunque similar, parece no recoger los matices del término francés en su totalidad. En nuestra lengua, las palabras «fantasma» o «espectro» lleva indefectiblemente asociada la noción de inmaterialidad. La expresión «muerto» o «cadáver ambulante» es quizá más apropiada, pues recoge los matices de revenant: el aspecto corporal del fantasma –en «muerto»/«cadáver»– y el movimiento –«ambulante»--, aunque no derive del latín venire. Permítaseme, por tanto, la licencia de utilizar el galicismo «reviniente», de fácil comprensión, para designar por tanto a un muerto que vuelve en cuerpo (mas no alma) al mundo de los vivos para traer la muerte.
Por ir desarrollando una cierta taxonomía, y dentro de los revinientes, utilizaré el término «vampiro» –de etimología incierta– para designar al ser que, después de haber muerto, regresa para beber la sangre de sus víctimas. Estos seres están condenados a una existencia en la que no han dejado aún el mundo de los vivos, ni tienen acceso por tanto al de los muertos. Por eso, el vampiro es el «no-muerto». Su existencia se filtra penosamente por las rendijas que se abren al mundo del hombre mortal, de carne, hueso y sangre. El vampiro parece aferrarse a la tierra, anclado a ella por su materialidad; ése es su privilegio... o su condena.
Por eso, insisto, el vampiro no es un espectro, inmaterial y envidioso de la corporeidad de los que aquí quedaron. Consecuentemente, no utilizaré los términos «fantasma» o «espectro». El vampiro vive una vida preternatural, que burla tanto a la visión trascendental del hombre, como a la materialista. El no-muerto lleva sobre su frente, como marca de Caín, la negación que define esencialmente su existencia. También como el primer fratricida, el vampiro ha de deambular en soledad por el país de Nod (Génesis IV, 16), el purgatorio terrenal, sin padre ni madre, sometido a la necesidad enfermiza de alimentarse de la vida de otros: por eso priva a los vivos de su sangre y de su carne, metonimia de esa vida que anhela. En el fondo y en origen, estamos ante seres penosamente vitalistas nacidos a una existencia en la que no hay leche materna, sino la sangre de los seres queridos, los primeros de los que el no-muerto se nutre.
Para el vampiro medieval, Drácula es un incómodo advenedizo, alguien que ha hecho olvidar a esos otros no-muertos postergados ante la petulancia del aristócrata transilvano, que vampirizó a muchos de ellos. El vampiro medieval, brutal y primitivo, el folclórico, se fue desvistiendo de su primitivismo para cubrirse con las galas púrpuras, violáceas (¿y rojizas?) con las que el conde sedujo al siglo XX. Ha sido, precisamente, la novela de Bram Stoker y sus múltiples adaptaciones fílmicas (más o menos fieles) las que más han contribuido a que el mito del vampiro sea uno de los iconos centrales de la cultura popular occidental en el siglo XX: el Conde transilvano es el personaje de ficción que más ha sido llevado a la pantalla, según pontifica una pregunta del Trivial Pursuit, seguido a cierta distancia por Tarzán. Y sin embargo, esta misma novela, por el contrario, ha oscurecido la verdadera naturaleza del mito.

jueves, 11 de junio de 2009

Alien vs. Grendel



He leído recientemente una interesante entrada en el blog cambiaelmundo sobre la película Alien (1979) de Ridley Scott. El autor, a propósito del 30 aniversario de este filme -no busquéis en el DRAE, pues admite ese término y también “film”-, combinaba sus recuerdos personales de la noche del estreno en Barcelona, apuntes sobre la película y terminaba refiriendo un hecho luctuoso que, de nuevo, le llevaba a tiempos pasados: la muerte en extrañas circunstancias de David Carradine, el Kung Fu de la noche de los viernes para quienes fuimos niños en los 70. Había pensado yo escribir algo sobre Alien, pero dado que lya había comentada en el blog otra película de Scott (Blade Runner), le daba vueltas a hacerlo. Entre tanto, se adelantó Alberto; él me ha animado a que “escriba algo”.
Todos los años, en mis clases de literatura medieval, hago referencia a Alien. En el primer gran poema de la literatura inglesa, Beowulf (conservado en un manuscrito del año 1000, aproximadamente), el héroe geata se enfrenta a Grendel, una criatura semihumana que asola desde hace doce años el reino de los daneses. El poeta anónimo nunca describe físicamente en su totalidad a este engendro, sanguinario y cruel. Nos deja sólo flashes que, en la oscura noche del Norte, muestran sus ojos encendidos, sus garras o su descomunal estatura. El lector tiene que recrear al depredador en su propia imaginación, entonces y ahora, según sus propios horrores. De este modo, Grendel no ha quedado anquilosado en la Edad Media: podemos completar su fisonomía y hacer de él un vampiro (http://www.miscelaneajournal.net/images/stories/articulos/vol32/merino32.pdf) o la deforme abominación cuasihumana que hemos podido ver en el Beowulf de Robert Zemeckis (2007).

De modo similar, Alien, durante la mayor parte del metraje de la película, tiene cierto pudor en mostrar su cuerpo. Vemos sus fauces húmedas, su silueta de neopreno futurista, o su cráneo en forma de berenjena. Desgraciadamente, al final, el enemigo se nos muestra en su totalidad. Descubrimos, entonces, a un actor disfrazado con un estrafalario atuendo; unos minutos antes de que se enciendan las luces, la magia se rompe. Es lo único que reprocho a la película, aunque entiendo que Scott tuviera que mostrar a quien tanto se había ocultado: necesitamos ver, ver para creer. Pero volviendo a Grendel (y sin dejar a Alien), me llama la atención cómo ambos enemigos comparten otras características (además de su indefinición anatómica), en su naturaleza y en su modus operandi. La sangre de ambas criaturas es enormemente corrosiva, y destruye tanto las espadas, como las planchas metálicas de la Nostromo. Grendel sólo ataca por la noche, y Alien es como la pesadilla que deambula por los oscuros corredores y galerías de la nave comercial, en ese cosmos amenazante, oscuro y silencioso. Pero además, y aquí hay casi un arquetipo atávico, Grendel tiene una madre terrible, ogresa de las profundidades, que vive con él y que casi consigue destruir al héroe Beowulf. También Alien proviene de una gran ponedora de huevos, auténtica matriarca de su especie, cuyo alter-ego en la nave Nostromo es la gran computadora que parece querer proteger a la letal criatura y que, curiosamente, responde al nombre de "Madre".

lunes, 8 de junio de 2009

DÍA D, HORA H








El 6 de junio de 1944, a las 6’30 de la mañana, la mayor fuerza expedicionaria jamás reunida durante un conflicto bélico ponía rumbo a las costas de Normandía, dando comienzo la operación Overlord. La noche anterior, poco después de las 0’00 tropas aerotransportadas angloamericanas habían sido lanzadas tras las líneas enemigas.
Las costas de Normandía habían sido divididas en cuatro sectores, conocidos con los nombres clave de Sword, Juno, Omaha, Utah y Gold. El Alto Mando alemán sabía que los aliados, más tarde o más temprano, intentarían abrir un segundo frente en Europa y las costas de Francia eran la previsible puerta de entrada al continente. Además, una ofensiva aliada en Francia era la forma más directa de amenazar las fronteras de la Alemania nazi.

Stalin reprochaba con razón a sus aliados occidentales que el peso de la lucha contra el III Reich lo estaba llevando la Unión Soviética. En realidad, había ya un segundo frente abierto en Europa contra la Alemania de Hitler, desde que los aliados invadieron Sicilia en Septiembre de 1943. En cualquier caso, los combates en la península italiana no suponían una amenaza real para el Reich y la pericia del Mariscal Kesselring consiguió que el avance aliado fuera lento y enormemente costoso.
De las cuatro divisiones que defendían las costas de Normandía, sólo la 352 de infantería y la 91 aerotransportada estaban realmente preparadas para el combate. Rommel, encargado de la defensa del mal llamado Muro Atlántico -sólo en algunos lugares de la costa lo era realmente- sabía esto, por lo que ubicó en Caen a la formidable 21 División Panzer, lista para ser movilizada en caso de invasión.

Al final del Día D, y pese a que en el sector de Omaha los aliados se plantearon la posibilidad de abandonar la playa, la operación podía considerarse un éxito razonable. En menos de una año, la guerra en Europa había terminado. Repuestos de la sorpresa inicial, los alemanes respondieron con ferocidad. Las divisiones acorazadas alemanas estaban curtidas en muchos campos de batalla (desde el norte de África hasta las llanuras soviéticas); junto a ellas combatían las Waffen SS. La Batalla de Normandía, curiosamente, se decidió en el aire: fue la superioridad aérea de los aliados, que continuamente bombardeaban las líneas de blindados y abastecimiento de los alemanes, las que inclinaron afortunadamente la balanza al final hacia el lado de los aliados.

Beowulf MS

Beowulf MS
Hwaet!