martes, 1 de septiembre de 2009
"Fall Weiss": El ataque alemán a Polonia
miércoles, 26 de agosto de 2009
"Enemigos públicos" (2009)
El personaje de la foto es John H. Dillinger, ladrón de bancos en la Norteamérica de la depresión. Ha sido llevado a la gran pantalla en innumerables ocasiones, la última de la mano de Michael Mann. Esta noche he estado en el cine viendo su Enemigos Públicos y tengo que decir que me he quedado un poco frío.Mann ha intentado, sutilmente, hacer una reivindicación del personaje, pero esto ya está un tanto manido. Dillinger sería el resultado de unas condiciones familiares muy tristes (su padre le daba palizas de pequeño), y un sistema penitenciario que creaba -más que redimía- delincuentes: al pobre Johnny le metieron diez años en la trena por un botín de $50. Siguiendo este planteamiento victimista, lo extraño es que no hubiera miles de Dillingers en el Chicago de la depresión. En este sentido, el agente federal que dirige las operaciones contra el delincuente, Melvin Purvis (el Batman Christian Bale), parece ser bastante más siniestro que el propio Dillinger, sin olvidar que trabaja a las órdenes del mismísimo Edgar Hoover, el diabólico y reaccionario director del FBI durante tantos años.
Pero lo que realmente resulta irrisorio, a la hora de ganar las simpatías de la audiencia para el "malo", es intentar presentarle como un hombre enamorado. El idilio entre Dillinger y Billie Frechette es poco convincente. Mann pretende hacernos creer que el maleante se quedó en Chicago, porque allí estaba su chica; en realidad, sus contactos, con los que preparaba su último (¿?) golpe, vivían en esta ciudad. No, Dillinger no estaba enamorado de Billie, o quizá es que yo tengo otra idea de lo que es querer a alguien. La persona que delató al gangster era la madam del prostíbulo en el que trabajaba otra "amiguita" de Dillinger. Resulta curioso comprobar (y Mann no puede ocultarlo) que el FBI acabó con el "Enemigo Público número 1" porque, una vez más, se fue "de picos pardos" con ambas señoritas al cine. Uno no hace esas cosas si está enamorado, ¿verdad?
domingo, 23 de agosto de 2009
La reina más amada por los ingleses: Catalina de Aragón
Hace unos días estuve de visita con mi familia en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Siempre suelo detenerme en los retratos, me gusta mirar a los ojos de sus protagonistas con el deseo de saber algo más de ellos. Y así, me crucé con una obra del pintor Juan de Flandes, realizada en 1496 y ejemplo del estilo hispanoflamenco. La joven retratada evitó mi mirada, al igual que evita revelar su identidad. Se supone que se trata de Catalina de Aragón, con sólo once años de edad.viernes, 21 de agosto de 2009
"Good" (2008): Una buena persona.

viernes, 14 de agosto de 2009
Hace 50 años

Cuatro años antes de retirarse de la docencia, se había publicado el último tomo de una trilogía que le haría mundialmente famoso y, con el tiempo, le ganaría el título de "Autor del Siglo [XX]". No discutiré la validez de esta atribución, pues no me considero un especialista en El Señor de los Anillos, El Hobbit, o sus otras obras de ficción. De lo que no me cabe duda es de que su contribución a los estudios de lengua y literatura inglesas medievales durante el siglo pasado difícilmente encuentra paragón. Fundamento esta afirmación en dos publicaciones, que de por sí le hacen ocupar un lugar de honor en el mundo de lo Filología Inglesa.
lunes, 10 de agosto de 2009
"Gran Torino" (2008)

sábado, 1 de agosto de 2009
Una oferta que no podrá rechazar...

jueves, 30 de julio de 2009
"Dracula, de Bram Stoker" (1992)

Volviendo a la novela, Dracula tiene la peculiaridad de estar escrita de una forma particular. Los distintos capítulos corresponden a las cartas y diarios que los distintos personajes de la obra escriben. El autor consigue así dar un marcado carácter de verosimilitud a lo que se lee: su presencia como narrador desaparece y en su lugar tenemos acceso a distintas perspectivas –hay incluso noticias periodísticas- que van desgranando la trama.
Dicho esto, lo que más interesante me resulta de esta novela es que la auténtica amenaza contra la que se enfrentan Van Helsing y su cuadrilla de cazavampiros no es, en realidad, Drácula. Es cierto que este vampiro es el origen de todo mal; la novela, además, puede resumirse argumentalmente como la persecución y caza del conde. Pero en realidad, él mismo –concluidas las escenas iniciales en su lúgubre castillo- va desdibujándose: su presencia real es dejada para algunas escenas puntuales, existiendo en la obra prácticamente sólo como una amenaza en la mente de sus posibles víctimas. Sin embargo, son ellas, las bebedoras de sangre, las que materializan el horror de la historia. Las tres vampiras que amenazan al joven Harker al principio de la historia y vuelven a aparecer al final, y, muy especialmente, Lucy Westenra (la primera acólita del conde en Inglaterra) personifican la abominación y el escalofrío en Dracula. En este sentido, la persecución del conde es, al tiempo, un intento desesperado de evitar que Mina Harker (que lleva en sus venas la sangre del vampiro) se convierta en una no muerta.
Para caracterizar a las vampiros, Stoker no sólo las describe como ávidas de la sangre de sus víctimas. Ellas además personifican la negación de todos los valores que la sociedad victoriana propugnaba para la mujer. Su sed, es por tanto, la metáfora de una serie de contravalores que las hacen mucho más peligrosas. Así, Lucy Westenra es la anti-madre, pues sus víctimas son única y exclusivamente niños. Nada tiene de extraño, por tanto, que las tres vampiras que viven con el conde en su castillo –y ésta es una de las escenas más impactantes de la novela- se ceben en un recién nacido que Drácula les entrega. De igual modo, estas vampiras personifican la lascivia, desafiando así la imagen ideal de la mujer victoriana como fiel esposa. Drácula vive con ellas en una especie de concubinato de ultratumba. Lucy, de igual modo, es descrita (ya antes de ser victimizada por el conde) como una joven frívola y muy dada a flirtear con su pléyade de pretendientes –todo lo contrario de Mina Harper, cuyo firme compromiso con Jonathan la hace encajar en el modelo victoriano-. De alguna manera, Lucy es castigada por ser, cómo lo diría, demasiado alocada.
Hay quienes han apuntado a las New Women como el modelo que Stoker pudo haber seguido (consciente o inconscientemente) para dibujar a sus vampiras. Mujeres que en el XIX defendían el sufragio universal, la liberación sexual de la mujer y la superación de los roles establecidos para ellas: especialmente, el de amantísima madre y esposa sumisa. El cine se ha ocupado de magnificar hasta límites insospechados, dicho sea de paso, lo que sólo aparecía sugerido en las vampiras de Stoker. La voluptuosidad de Lucy y de las compañeras del conde en el Dracula de Coppola tiene su claro precedente en las vampiras que aparecen en las películas que la productora británica Hammer rodó en los 60 y los 70: mujeres hermosas, cuyo atractivo era la trampa mortal en la que cayeron tantos incautos.
Al fin y a la postre, disfruté leyendo la novela, pero no puedo decir lo mismo de tantas y tantas versiones cinematográficas del libro, que recurren burdamente al erotismo fácil. El mismo Coppola se excedió en éste y en otros sentidos. Su película no es fiel al libro, aunque tampoco tenía que serlo. ¿Por qué llamarla, entonces, Dracula, de Bram Stoker?

