miércoles, 1 de septiembre de 2010

Juzgad vosotros (I)

Esta historia la he oído de labios de alguien a quien quiero. El protagonista era un primo suyo (le llamaré César, por ejemplo), ya fallecido, un hombre poco dado a supercherías, que ocasionalmente visitaba la Parroquia del pueblo y que una vez le contó este extraño suceso. He bromeado con mi informante, hasta el punto de enojarlo, diciéndole que no me creo nada de este tipo de relatos. Juzgad vosotros.
En un pueblo de Andalucía, muy cerca de donde yo vivo, nos encontramos a finales de los años 30. Una mujer coge a César, su hijo de dos años, en brazos y se dirige, sin despertar sospechas, hacia el campo. Camina un buen trecho por una vereda, entre trigales, hasta un promontario. Allí se encuentra un viejo pozo abandonado -de una mina, me dice mi informante-. La mujer sufre de lo que hoy conocemos como tendencias suicidas y su propósito es quitarse la vida. Cuando está a menos de tres metros del agujero, César empieza a llorar desconsolado; quizás tiene hambre, o sueño, o presiente el peligro. Ella reacciona y desiste de su propósito, al menos por el momento: menos de un año después, la pobre mujer pone fin a sus días. Pasan los años y César, ya mayor, no recuerda el rostro de su madre, aunque hay fotos suyas por la casa. Es su progenitor quien le cuenta que su madre (ella misma se lo había confesado) ya lo había intentado antes, en el pozo de la mina. "Pero tú empezaste a llorar" -le dice el padre con voz entrecortada- "y volvió a casa. ¡Pobre mujer!".
La vida sigue. César se echa novia. Ella vive en un cortijo a unos kilómetros del pueblo. Casi todos los días, va a verla cuando termina de trabajar; a la vuelta, siempre es de noche.
Un día César va a ver a su novia. A mitad del camino, una piedra le rebasa rodando por la derecha, junto a la vereda. Al día siguiente, sucede lo mismo; al tercero, también. Nunca hay nadie detrás de él. César, extrañado, se lo cuenta a su novia. "Alguien te quiere gastar una broma" -le dice ella.

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