domingo, 2 de noviembre de 2014

Brutus (pero no el romano)

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El autor galés-normando Geoffrey of Monmouth, en su Historia Regum Britanniae (ca. 1136), nos cuenta la historia de Brutus, fundador de Britannia. Tras narrar la llegada del troyano Eneas a la península itálica, en compañía de su hijo Ascanius, Geoffrey of Monmouth explica que Silvius, hijo de Ascanio, será el padre de Brutus, quien pasa a ser descendiente directo de Eneas. 
El joven héroe tiene que hacerse a la mar, tras matar accidentalmente a su padre. Transcurridas varias jornadas, sus hombres y él descubren en una isla desierta (Leogecia) un templo abandonado de la diosa Diana. Tras realizar el ritual apropiado, Brutus se duerme frente a la estatua de la diosa y tiene una visión. En ella aparece una isla en el poniente, sólo habitada por gigantes, a la que un día él ha de llegar; se trata de la futura Britannia –que llevará su nombre. 
En el relato que hace Geoffrey of Monmouth de los viajes de Brutus y sus hombres, hay varios elementos que no debemos obviar. En primer lugar, el autor hace todo lo posible por destacar la misión de su héroe, como fundador, con un destino concreto. No se trata de una aventurero, ni mucho menos de un saqueador. Los troyanos se ven envueltos en distintos conflictos, pero el autor se asegura de dejar claro que sus motivaciones son nobles: nunca la ambición, ni mucho menos la maldad. Tampoco es Brutus un conquistador, pues no se asienta en ninguno de los reinos que derrota militarmente en su periplo. Su destino es el de fundar una nueva nación, en la tierra prometida. 
Curiosamente, nadie habitaba la bella isla; como había dicho la diosa Diana, Albión estaba desierta y lista para sus nuevos moradores: “Nunc deserta quidem, gentibus apta tuis” (Liber I, cap. xi, ll. 78).  En este sentido, el escrúpulo que podría haber suscitado tener que enfrentarse a los aborígenes del lugar desaparece: los gigantes, en su monstruosidad, no plantean ningún tipo de reparo moral. 
Otra cuestión que puede resultar curiosa es que Brutus se muestra muy interesado en que no se difumine su identidad –y por ende, la de su descendencia–, troyana y aristocrática; también los hombres de su expedición son todos troyanos, liderados por nobles de linaje real, que no se habían mezclado con gentes de otras razas. Tras casarse Brutus, muy al inicio de su periplo, no tiene descendencia hasta tanto no se asienta en su destino final. Ignoge, su esposa, es ciertamente griega, pero de sangre real: lo que se pierde de “pureza de sangre”, se contrarresta por la nobleza del linaje materno. 
Sólo con estas premisas puede Brutus fundar la Nueva Troya, no en la península itálica, ni en Grecia, sino en una nueva tierra virgen, que será poblada por troyanos en exclusividad. Éste era el reino que los normandos de Guillermo habían conquistado en 1066. Una nación en la que convivían los nuevos invasores, los derrotados sajones y restos de los primitivos celtas. Tres etnias sin nada en común, salvo la tierra que habitaban. Brutus bien podía ser un factor de unión para todos.

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