sábado, 30 de mayo de 2009

San Fernando y Jaén


Hoy es 30 de mayo, fiesta de San Fernando (1198/1201-1252) y me apetece escribir algo de este santo. Resulta que fue él quien en 1246 arrebató la ciudad de Jaén –donde vivo- a los Sarracenos y construyó el Castillo de Santa Catalina, aprovechando y ampliando la fortaleza árabe que defendía la ciudad. De pequeño solía subir mucho con mi padre al castillo. Hoy se ha convertido en Parador Nacional y es visita obligada para los turistas que vienen a nuestra ciudad (junto a la Catedral y a los Baños Árabes). Algunos dicen que hasta tiene un fantasma: desde luego, no es San Fernando, pues su alma desde hace siglos descansa en paz.
En 1217 Fernando fue coronado Rey de Castilla y en 1230 heredó la corona de León, aunque sin poder evitar una guerra civil, ya que muchos se oponían a la unión de los dos reinos. Eligió como consejeros a los hombres más sabios del Estado y tenía mucho cuidado en no sobrecargar a sus vasallos con impuestos, por temer más, según decía, la maldición de una vieja pobre que a un ejército entero de sarracenos. Siguiendo el consejo de su madre (noi que ría problemas con ella) Fernando se casó con Beatriz, la hija de Felipe de Suabia, Rey de Alemania, una de las princesas más virtuosas de la época. Anticipando lo que se le venía encima y sabiendo que el matrimonio no es cosa sencilla, pasó una noche entera rezando, pidiendo a Dios que bendijera su nuevo hogar; Dios le hizo caso. De esta unión nacieron diez hijos, de los cuales siete llegaron a la vida adulta: seis príncipes y una princesa. Debió agradarle a D. Fernando la experiencia marital, y como un rey si reina pinta poco, al enviudar casó en 1237 con
Juana de Danmartín, de la que tuvo cinco hijos. San Fernando había entendido muy bien que los hijos eran una bendición.
Ha quedado constancia de que era un hombre de palabra y cumplía lo prometido, aunque le costara muchos sacrificios. Sus mismos adversarios sabían que él se atenía siempre los pactos que hacía. Las metas más altas en la vida de Fernando fueron la propagación de la fe y la liberación de España del invasor sarraceno: sólo los reinos de Granada y Alicante permanecieron a su muerte, aunque francamente mermados. En las ciudades más importantes que reconquistó fundó obispados, restableció el culto católico por todas partes, construyó iglesias, fundó monasterios e hizo donaciones a hospitales. Convirtió en catedrales las grandes mezquitas de esos lugares, dedicándolas a la Santísima Virgen. Vigilaba la conducta de sus soldados para evitar el desmadre después de la batalla, confiando más en la virtud que en el valor de ellos; él mismo ayunaba estrictamente antes del combate En medio del tumulto del campamento, vivía como un religioso en el claustro. Fundó la Universidad de Salamanca, pues de su padre Alfonso X, el Sabio, había heredado el gusto por las letras.
Fernando fue enterrado en la gran catedral de Sevilla ante la imagen de la Santísima Virgen, vestido, según su propia petición, con el hábito de la Tercera Orden de San Francisco. Ocurrieron muchos milagros junto a su sepulcro, y Clemente X lo canonizó en 1671. Su cuerpo sigue incorrupto, pudiéndose contemplar en el 30 de mayo. Esto, es verdad, me da un poco de repeluz.

San Fernando tenía una religisidad, cómo decirlo, medieval. Pero es también ejemplo para el creyente moderno: sin miedo a tener una familia grande, hombre de oración, y enamorado de la Virgen. También para los no creyentes, Fernando, a secas, puede enseñarnos a echarle un par de bujías a la vida, a ser fieles a la palabra dada y a ser amigos de nuestros amigos.

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