jueves, 30 de julio de 2009

"Dracula, de Bram Stoker" (1992)


Bram Stoker no está considerado entre los maestros de la literatura en lengua inglesa. De todas sus obras, sólo Dracula (1897) goza de cierto atractivo para la crítica literaria, y éste ciertamente muy limitado. Sin embargo, esta obra –y su personaje central- se han convertido en uno de los iconos de la cultura popular del siglo XX, sobre todo desde que diversos directores de cine (desde W. Murnau a Francis Ford Coppola) llevaran a la pantalla la truculenta historia del conde transilvano. En realidad, Vlad III (1431-1476) fue un príncipe de Valaquia (Rumanía), cuya crueldad no superaba a la de otros guerreros medievales que vivían en continua refriega, en su caso contra los turcos.
Volviendo a la novela, Dracula tiene la peculiaridad de estar escrita de una forma particular. Los distintos capítulos corresponden a las cartas y diarios que los distintos personajes de la obra escriben. El autor consigue así dar un marcado carácter de verosimilitud a lo que se lee: su presencia como narrador desaparece y en su lugar tenemos acceso a distintas perspectivas –hay incluso noticias periodísticas- que van desgranando la trama.
Dicho esto, lo que más interesante me resulta de esta novela es que la auténtica amenaza contra la que se enfrentan Van Helsing y su cuadrilla de cazavampiros no es, en realidad, Drácula. Es cierto que este vampiro es el origen de todo mal; la novela, además, puede resumirse argumentalmente como la persecución y caza del conde. Pero en realidad, él mismo –concluidas las escenas iniciales en su lúgubre castillo- va desdibujándose: su presencia real es dejada para algunas escenas puntuales, existiendo en la obra prácticamente sólo como una amenaza en la mente de sus posibles víctimas. Sin embargo, son ellas, las bebedoras de sangre, las que materializan el horror de la historia. Las tres vampiras que amenazan al joven Harker al principio de la historia y vuelven a aparecer al final, y, muy especialmente, Lucy Westenra (la primera acólita del conde en Inglaterra) personifican la abominación y el escalofrío en Dracula. En este sentido, la persecución del conde es, al tiempo, un intento desesperado de evitar que Mina Harker (que lleva en sus venas la sangre del vampiro) se convierta en una no muerta.
Para caracterizar a las vampiros, Stoker no sólo las describe como ávidas de la sangre de sus víctimas. Ellas además personifican la negación de todos los valores que la sociedad victoriana propugnaba para la mujer. Su sed, es por tanto, la metáfora de una serie de contravalores que las hacen mucho más peligrosas. Así, Lucy Westenra es la anti-madre, pues sus víctimas son única y exclusivamente niños. Nada tiene de extraño, por tanto, que las tres vampiras que viven con el conde en su castillo –y ésta es una de las escenas más impactantes de la novela- se ceben en un recién nacido que Drácula les entrega. De igual modo, estas vampiras personifican la lascivia, desafiando así la imagen ideal de la mujer victoriana como fiel esposa. Drácula vive con ellas en una especie de concubinato de ultratumba. Lucy, de igual modo, es descrita (ya antes de ser victimizada por el conde) como una joven frívola y muy dada a flirtear con su pléyade de pretendientes –todo lo contrario de Mina Harper, cuyo firme compromiso con Jonathan la hace encajar en el modelo victoriano-. De alguna manera, Lucy es castigada por ser, cómo lo diría, demasiado alocada.
Hay quienes han apuntado a las New Women como el modelo que Stoker pudo haber seguido (consciente o inconscientemente) para dibujar a sus vampiras. Mujeres que en el XIX defendían el sufragio universal, la liberación sexual de la mujer y la superación de los roles establecidos para ellas: especialmente, el de amantísima madre y esposa sumisa. El cine se ha ocupado de magnificar hasta límites insospechados, dicho sea de paso, lo que sólo aparecía sugerido en las vampiras de Stoker. La voluptuosidad de Lucy y de las compañeras del conde en el Dracula de Coppola tiene su claro precedente en las vampiras que aparecen en las películas que la productora británica Hammer rodó en los 60 y los 70: mujeres hermosas, cuyo atractivo era la trampa mortal en la que cayeron tantos incautos.
Al fin y a la postre, disfruté leyendo la novela, pero no puedo decir lo mismo de tantas y tantas versiones cinematográficas del libro, que recurren burdamente al erotismo fácil. El mismo Coppola se excedió en éste y en otros sentidos. Su película no es fiel al libro, aunque tampoco tenía que serlo. ¿Por qué llamarla, entonces, Dracula, de Bram Stoker?

2 comentarios:

  1. Uy, tocas un tema muy de actualidad.
    Sobre los contravalores encarnados en estas vampiras (tendría que mirar el DRAE, porque yo hubiera dicho "vampiresas"; después de este comentario me voy al diccionario; puede que tu término sea aceptable, por supuesto).
    Una anécdota: nos comentó el otro día una compañera de curso, francesa, que le sorprendía la manera de vestir de las chicas de España ahora: van (algunas) provocativas.
    Otra anécdota, positiva.
    Hace unos días nos comentó un chico que ha hecho un curso en Italia, en Milán, qué elegantes van ellos y ellas por la calle. Estoy seguro de que las españolas caerán en la cuenta de este asunto, y cambiarán. Y habrá más modistos con la cabeza en su sitio.

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  2. Gracias, Fernando. Tu precisión léxica es muy acertada. No, "vampira" no está en el DRAE. Sucede que "vampiresa" -que también significa bebedora de sangre- tiene otras connotaciones del tipo femme fatal.
    Respecto a lo que comentas de la moda, nada tengo que decir.
    Abrazo

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Beowulf MS

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Hwaet!