
Tras vestirse, tomó un café rápido y salió a la calle a comprar pan. En su lugar habitual no quedaba más que integral, así que cruzó dos manzanas en dirección a un pequeño supermercado que había en una placeta. Entonces reparó en que en uno de los laterales del cuadrado se alzaba una iglesia; dos minutos más tarde estaba dentro, sentado en un banco de madera. No sabía por qué había entrado, pero no se estaba mal. No había nadie y olía a antiguo: cera, madera vieja y frías baldosas. Otra vez su padre preguntándole si se quería confesar. Miró a la izquerda y luego a la derecha: allí, tres filas hacia adelante, junto a un altar y una horrible imagen de una mujer vestida de monja, había un confesionario del que salía una tenue claridad. Se adivinaban las manos de alguien sosteniendo un libro abierto. Se incorporó y fue hacia allí. “El cura se va desmayar cuando le cuente”, susurró. Mientras se acercaba, recordó que el dolor era muy importante para confesarse bien, pero no sentía nada; bueno, sí, pena de haber dicho tantas cosas a aquel viejo cura..., y también de esto y de aquello. Se detuvo, justo bajo aquella siniestra imagen de la monja: los ojos de ella miraban hacia arriba y sus palmas se juntaban sobre su pecho. No recordaba ninguna oración, pero ya no había marcha atrás. Se plantó delante del confesionario y dijo: “Quiero confesarme”. El sacerdote cerró el libro y alzó el rostro, mientras apagaba la bombillita con la mano izquierda. “¡Joder!”. No podía creerlo: era el cura del día anterior. “Mire, yo…”. El confesor no le dejo continuar: “¿puedes arrodillarte, por favor?”.
Después de darle la absolución, el confesor le miró fijamente. Sus ojos esbozaron una sonrisa, al tiempo que preguntaba: “¿has pensado alguna vez hacerte sacerdote?”. Como un resorte, el sindicalista se puso en pie: “pero, ¿¡qué dice usted!?”…
Han pasado algunos años desde aquel día. Hoy, el protagonista de esta historia es párroco en una ciudad española. Lo que aquí he narrado es, esencialmente, verídico, y yo me he divertido mucho recreando el episodio.
Enhorabuena por este relato conmovedor y ágil que invita a una carcajada con 1 Dios risueño y bueno que sólo quiere compartir su alegría con nosotros. La tristeza al fin y al cabo, ¿es otra cosa que el mismo pecado ?
ResponderEliminarAmigo Fred, gracias por tu comentario, tan jugoso y bien escrito. Estoy contigo en lo que dices sobre la tristeza. Gracias también por hacerte seguidor de esta mirada al cielo y al mundo.
ResponderEliminarHasta el día de hoy, encuentro este escrito.¡Qué delicia ! Pero me queda la sensación de que hay más por contar...
ResponderEliminarGracias, Zatza. Nada más se quedó en el tintero en este episodio de la vida de dos personas.
ResponderEliminarSaludos.