lunes, 18 de octubre de 2010

Los vampiros en la Edad Media

El vampiro medieval es una abominación, un cadáver ambulante -generalmente el de un campesino-, que se levanta de su sepultura para asesinar y alimentarse, bebiendo la sangre de sus víctimas y devorando su carne. La muerte, indudablemente ha marcado su aspecto físico, pues la descomposición sólo se ha ralentizado. El espectro inmaterial, el fantasma que aparece una y otra vez en las obras de Shakespeare, aterroriza, produce pavor, aunque rara vez su encuentro conlleva la muerte. El reviniente -y el vampiro, por ende- es mucho más amenazador, pues su corporeidad amenaza la nuestra.
A falta de una tradición homogénea que se remonte al primer vampiro (estas genealogías sólo se dan en las lecturas recientes del fenómeno), el vampirismo surge más bien como una maldición que cae sobre todos aquellos que no han llevado una vida demasiado ejemplar. Por tanto, más que preguntar ¿de dónde vienen los vampiros?, la cuestión es ¿quién se puede convertir en vampiro? Los malditos que la tierra vomita de sus entrañas: ajusticiados, asesinos, sodomitas, fornicadores, herejes, suicidas, hechiceros, hombres lobo,.... La primera pregunta se fundamenta en la transmisión del vampirismo como algo contagioso, una característica ausente en los orígenes del mito. Por el contrario, la segunda es mucho más flexible y más aterradora, pues, junto a los malvados, hay también otros candidatos a ser vampiros, simplemente, por el azar: el séptimo hijo de un séptimo hijo o quien ha nacido con dientes.
En una época de muerte, hambruna y epidemias, especialmente sufridas por las clases más desfavorecidas, éstas dan forma a sus miedos, para así poder controlarlos y, quizás, eliminarlos. Entonces el vampiro, como ellos también un desheredado, personifica todo lo que temen. Para muchos, la realidad era tan atroz el vampiro surge para, al combatirlo, tener alguna oportunidad de enfrentarse a las tragedias de una penosa existencia. Luchando contra él, luchaban contra la muerte repentina, la miseria o, quizás, los frecuentes y mortales ataques de perros rabiosos. Las llamadas medidas *apotropaicas (término de etimología griega, que no figura en nuestra lengua y que traduzco del inglés apothropaics) para prevenir o, en su caso, eliminar al vampiro, son variadas y aparentemente desproporcionadas. Todas tienen una finalidad inmediata: impedir el movimiento antinatural del reviniente. Decapitación del cadáver, atarle las piernas, enterrarle en un cruce de caminos para producir su confusión, quemar el cuerpo, arrancar el corazón,…La medida tradicional y archiconocida de atravesar el corazón del vampiro con una estaca no pretendía, en su origen, más que clavar el cuerpo a su sepultura. Innumerables tumbas de sospechosos fueron profanadas y los cadáveres desenterrados. En ocasiones, los cuerpos, por diferentes circunstancias, presentaban un estado de descomposición retardado, habían aumentado de tamaño, o presentaban algún rastro rojizo en la boca; esto no era más que la confirmación de las sospechas de los lugareños. Así, el mito se retroalimentaba.



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Beowulf MS

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